6JDA Monterrey 2012. Francisco Amparán: Reloaded

En el marco de las Sextas jornadas de detectives y astronautas en la XXII Feria Internacional del Libro Monterrey 2012, mis amigos Rodrigo Pámanes y Jonathan Gutiérrez se lucieron presentando la novela Otras caras del paraíso (Almadía, 2012) y nuestra edición digital y gratuita del Tríptico gótico, ambos libros del escritor lagunero Francisco Amparán (1957-2010). Como ya es costumbre, la revista Deliberación publica en video el evento y pueden verlo siguiendo este link.

Amparán, Franciso J. Tríptico Gótico. Ediciones Cuaderno Rojo Estelar

Taller literario “Disfrutar del crimen”

Un anuncio: Los próximos 06, 07, 08, 09 y 10 de agosto impartiré en Arteria Izquierda Casa Cultural (San Luis Potosí), un taller de diez horas sobre distintas narrativas criminales. Se tratará sobre todo de interpretar los relatos delincuenciales, violentos y abyectos como hechos estéticos y leer los mecanismos de la ficción y de la representación como modelos recreativos que instalan nuevas y transgresoras moralidades.

El taller tiene un costo de $350 pesos.

Aquí el programa.

Reseña sin spoilers de Historias del séptimo sello

Norma Yamille Cuéllar. Historias del séptimo sello. México: FETA, 2010

Leí Historias del séptimo sello (FETA, 2010) de un tirón, impaciente por terminar rápidamente con las poco más de cien páginas en las que Norma Yamille Cuéllar logra lo que pocos hacen: proponer una ficción completa, compleja y consecuente con las formas y modos de la realidad de la que se desprende. La aventura de Jasminder Chapa, protagonista de esta trepidante novela en la que el vértigo se impone por el ritmo de la sorpresa, me pareció sobre todo estridente: es deliciosamente exagerada y muy llamativa por los recursos que derrocha, entre los que destacan las formas y los modos de diversas narrativas de género, como el policiaco, la ciencia ficción, la novela de misterio, el cine de acción, el apocalíptico y el diario personal. Pero la novela es todavía más atractiva porque todas estas influencias, deudas y recursos se dan cita en una atmósfera onírica que a veces se inclina hacia el absurdo, pero que termina por establecer la posibilidad del delirio como la única representación coherente de la realidad. Continue reading

Escribir en los tiempos del miedo

Pongo aquí los videos de la mesa redonda “Escribir en los tiempos del miedo”, con la que inauguramos formalmente las Nuevas Jornadas de detectives y astronautas, en la XX Feria Internacional del Libro Monterrey, 2010.

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La confesión (de un sicario) como género literario

Reyna, Juan CarlosConfesión de un sicario. El testimonio de Drago, lugarteniente de un cártel mexicano. Prólogo de Roberto Zamarripa. México: Grijalbo, 2011

 

Uno de los efectos más evidentes que ha tenido la ya inevitable permanencia del narcotráfico y su violencia, es una especie de re-educación sentimental y ética entre los mexicanos. Más allá del miedo, la paranoia y la desconfianza con que se mueve la mayoría de la gente, la sociedad participa de un nuevo discurso moral que reafirma dicotomías premodernas y absolutistas, como la diferencia entre “los buenos” y “los malos” (“malitos”, les dicen en Monterrey), y propone soluciones condicionadas por las mismas causas de su conflicto moral: la violencia y el terror. Conducta peligrosa y denigrante, sin duda alguna, y que, lamentablemente, ninguna instancia ha intentado siquiera contener o evitar. Como cambio epistemológico, además, esta situación ha convenido en una nueva estética signada en la visibilidad de la agresión y en la que todos sus objetos comunes, a pesar de que horroricen, han dejado de ser extraños: cabezas y cuerpos descuartizados a la vera del camino o en las aceras de plazas comerciales, mantas amenazadoras, policías y militares encapuchados transitando las calles con el ojo en la mirilla del fusil… y todo lo demás. Bajo esta estética todos somos el enemigo, todos estamos predeterminados a ser víctimas, todos somos la posibilidad del terror. La inevitabilidad de que eso sea México ha provocado, no voy a negarlo, respuestas ciudadanas que intentan la contenencia del fenómeno y la recuperación del respeto al derecho a la vida de cualquiera, como la campaña “No más sangre” que se mueve por las redes sociales. Pero la condena al fracaso de esta campaña (que me gusta y que no creo para nada oportunista, como otros), radica en que no se incluye dentro del fenómeno que, como ya dije, ha restructurado al país. Expone un principio que no le es intrínseco a esta sensibilidad ética, moral y estética de la violencia. Propone la vida donde ésta no importa. La ofrece, a lo mucho, como un valor a recuperar; es decir, como previo a los del presente y no como una posibilidad para el futuro.

La literatura sobre el narcotráfico, que desde hace ya tiempo se entiende como una división con características propias dentro de la amplia literatura negra o policiaca, ha sido muy congruente con esta epistemología. Se encarga del horror en el horror y no desestima las particularidades de la violencia en aras de moralinas inconsecuentes. Como lectores, a través de ella, asistimos no a la contingencia de nuestro presente, sino a la representación de nuestra fábula vivencial sin caer en ánimos celebratorios de otros registros sobre el tema, como los narcocorridos. En cierto sentido, la novela del narco se intenta desde la máxima del espejo en el camino de Stendhal, aunque en algunos casos, los mejores, algunos autores se proponen sus espejos más bien desde la situación valle-inclanesca. Pienso sobre todo en Hilario Peña cuando digo esto, pero también, aunque en menor medida, en Joaquín Guerrero Casasola e, inclusive, en la primera novela de Bernardo Fernández BefTiempo de alacranes. Ejemplos hay suficientes, pero ese no es el punto.

Todo esto viene a colación porque leí una novela del narco que no es propiamente una novela, aunque sí trata del tema del narcotráfico: Confesión de un sicario (Grijalbo, 2011), de Juan Carlos Reyna. A su publicación le preceden un documental en el que trabajó el propio autor  y, circunstancialmente, otro documental: El sicario (Room 164), de Gianfranco Rosi. Trata, como es obvio, de la vida de un asesino a sueldo dentro de un cártel mexicano y sorprende porque, como indica su título, es un caso real. No quiero aludir a la muy manida idea de que la realidad puede resultar más chocante que la ficción o que la puede superar. Eso es obvio y bastante común, aunque le cueste trabajo entenderlo a los no lectores. Sin embargo, no pude evitar pensarlo mientras me devoré las hasta eso escasas 186 páginas del libro. Podría decir, a lo mucho y suficientemente, que en el caso del libro de Reyna, la ficción supera el registro de la realidad en cuanto a que sus herramientas provocan una narrativa más dinámica, entretenida y suspendida por sus artificios provenientes de la tradición novelística. Quiero decir que, en comparación con todos los libros de corte periodístico sobre este tema que hoy abundan en nuestras librerías, el relato de la vida criminal de Drago funciona como una obra literaria de calidad más que aceptable dentro de los géneros en los que podríamos ubicarla: la confesión y el policiaco.

En Confesión de un sicario no obtenemos una pormenorización de fechas, nombres, cronologías y genealogías del narco mexicano. Al contrario, por seguridad del que se confiesa, la información se refugia en el anonimato y en la imprecisión, proponiendo una atmósfera que simula la de la ficción que trata al tema del crimen organizado. Aunque en su lectura no nos adentramos al análisis preciso del funcionamiento de las estructuras y culturas del narco, el libro resulta por demás esclarecedor de la vida y costumbres del fenómeno como una totalidad. Por eso, y esto me parece por demás efectivo, no se nos ofrecen juicios morales ni condenatorios. Simplemente se nos relata, de primera mano, la anécdota de un asesino a sueldo caído en la desgracia por circunstancias ajenas a su desempeño profesional y su subsiguiente huida, su persecución, su captura y su inclusión en el Programa de Testigos Colaboradores, del que también es expulsado para comenzar otra huida. Una en la que todavía se encuentra, según suponemos los lectores.

Esta confesión es, en todo sentido, la narración de una vida en la periferia de nuestra (hipócrita) sociedad que se circunscribe a todos los niveles y espacios de nuestra cultura. Inteligentemente, Reyna sitúa el contrapunto de la azarosa carrera delictiva de Drago (una intriga menor, en todo caso), en relación con las anécdotas de sus superiores y las decisiones que tomaron para cambiar al país. Con este artilugio, el autor consigue retratar un espectro muy extenso: desde el anecdotario de un soldado del cártel, se revela efectivamente la complejísima telaraña que sostiene al crimen organizado en México. Su interdependencia con los órdenes político, económico, social y hasta de entretenimiento que tanto se nos repite, en el libro funciona como el hilo conductor de una historia que sobrepasa los límites de las páginas, que desborda al recuento informativo, y se inserta en nuestra habitualidad. Una habitualidad, por cierto, que se descubre como una caricatura espantosa, un esperpento viciado por los excesos de una mitificación que aquí se desnuda gracias a la narración en primera persona.

Porque lo que no hace Reyna es retratar a Drago en comparación con nosotros los que no somos sicarios. Simplemente guía la voz del criminal para presentárnoslo como lo que es: un homicida, un asesino a sangre fría, pero sobre todo como un hombre con una moral construida con las herramientas estéticas y discursos éticos del crimen; un individuo para quien existe lo correcto y lo incorrecto dentro del universo del que él es referencia y que, por lo tanto, entiende la diferencia entre matar y… matar, porque lo único que sabe hacer en su vida es matar. Resulta interesante asistir a estas reflexiones del sicario, en las que su limitada experiencia del mundo (todas nuestras experiencias son limitadas por individuales), le permite erigir una ética basada en valores universales, como la lealtad, la obediencia y la diferencia entre lo éticamente positivo y lo éticamente negativo, aunque todos signados por las circunstancias en las que le toco habitar en el mundo. Pero también, porque su relato le permite construirse o, mejor dicho, reconstruirse y salvarse simbólicamente, sus reflexiones y su anecdotario tienen un filón literario que permite la especulación en su lectura. Por ejemplo, en contraposición al resto de personajes que deambulan por su confesión, Drago eligió para él un seudónimo que le permite resarcirse: el dragón que, según él, en una leyenda baja al infierno para morir y resucitar. Su conciencia de autor, por decirlo de algún modo, no le permite tener los mismos miramientos para con sus compinches y enemigos, quienes son degradados figurativamente por el narrador con nombres como Elefante, Tiburón, Cocodrilo, Licenciado Ballena o Alacrán, animalizaciones que apuntan a una conciencia de superioridad de quien ve en la palabra una forma de emancipación, refugio y poder.

Las palabras, ¡qué contingente de salvamento para la conciencia! Ignoro si el lenguaje de Drago es exactamente o muy parecido al que nos ofrece Reyna. También ignoro si la articulación y estructura del relato le pertenecen exclusivamente al autor (aunque eso indica no muy veladamente), pero la concatenación de las ideas y la dosificación de la trama ayudan, y mucho, para evitar el letargo. La prosa ágil de Reyna, que propone sus propios límites, echa al lector de lleno y con ansias a la historia del sicario. La narración de Drago no es lineal, está llena de prolepsis y analepsis que obligan a la trama a una redundancia esclarecedora. Este manejo de la información ayuda a crear un ambiente opresivo para el narrador-confeso, en el que se disemina la información a favor de un suspense que escala en la artificiosa dispersión de la información, más que por el mismo horror de lo que nos va contando. A la manera de la novela picaresca (y no olvidemos que el término hermano “sicaresca” ya ha sido acuñado con éxito, sobre todo a partir de La virgen de los sicarios), el lector entiende desde el principio que la historia de Drago es un escape en el que busca siempre algo mejor y termina peor que en el principio. Una cadena de traiciones de la que no sale bien parado y nos recuerda las mismas andanzas del Lazarillo de Tormes, siempre de peor en peor, condenado al fracaso continuo en manos de quienes se suponían podrían ayudarlo o salvarlo. En este nivel también cabe advertir lo atinado que resultan los intertextos en el libro. Aparecen dos o tres sueños y el relato de dos películas desde donde Drago se apoya para explicarse. Estos pequeños relatos convocados simbólicamente, interrumpen la narración precisamente para volverla a colocar en relación con el mundo, para que no escape del marco referencial absoluto: el mundo, la sociedad, el país.

De estas interrupciones me llamaron sobre todo la atención el sueño que tiene el sicario en el segundo hotel donde se hospeda, una vez que ha iniciado su escapatoria, así como su relación de la película animada El expreso polar. Ese sueño, como todos los pasajes oníricos de la literatura, está abigarrado de signos y símbolos que explican las causas y las acciones cometidas o por cometer. Parece como si el sicario quisiera comprender por medio de la ensoñación que en el fondo es un ser inmaduro y temeroso, a merced de la vida que se avejenta sin dejarlo escapar de su viacrucis (su pesadilla sucede en Semana Santa). Estas son consideraciones a las que luego vuelve en su relato, cuando comenta los traumas de su infancia, por ejemplo, o describe los pormenores de la vida y la muerte de un sicario. Lo de El expreso polar resulta hasta conmovedor, por su parte. Drago asiste a la película en la segunda parte de su vida, cuando ya es testigo protegido y parece que está por conseguir una vida más o menos normal en algún momento próximo. De la cinta solo le queda claro que un niño sin nada obtiene un cascabel que trata como su más grande tesoro, pero luego lo pierde. Al volver a su casa, sin embargo, el cascabel está ahí: es su premio y su felicidad. Cuando el sicario lo relata parece que hace un símil, incluso bastante burdo y evidente, con su propia vida. Pero esa ilusión se le esfuma cuando descubre que, además de su pareja, una prostituta uruguaya, en la sala lo acompañan los policías que tiene como guardia permanente: su expreso que no va a ninguna parte. Como final de su fábula, cuando el sicario vuelve un día a su casa ya no tenía lo que había conseguido, su cascabel dorado: una familia, bastante disfuncional por supuesto, pero propia y la primera de su vida.

Esta clase de consideraciones dejan claro que el libro de Reyna es más literatura que otra cosa, que está mucho más cerca de la novela que del periodismo de investigación. Y me parece muy bien. Sobre todo porque el tono de confesión lo incluye en un espectro amplísimo, en una tradición riquísima que suelo leer desde la perspectiva de La confesión: género literario (1943:1965), libro fundamental de María Zambrano. A través del trabajo de la filósofa española, podemos entender a la confesión como una forma escritural rebelde que no se ata completamente ni a la filosofía, ni a la literatura, sino que va a caballo entre ellas. Es un género único que las hermana y que conviene en lo mejor de ambas elaboraciones intelectuales. Pero, sobre todo, y esto me parece lo más importante para leer el libro de Reyna, Zambrano establece que la confesión es el género de la crisis de la verdad. Cuando la filosofía ya no puede explicar más la vida y la experiencia, y la novela no es suficiente para enmendar  las extrañezas vivenciales por medio de la imaginación, la confesión aparece para aplacar ese conflicto. Sobre todo porque la confesión funciona a partir de una duración real y no de una suposición o la pretensión de un tiempo imaginado, y en ella el sujeto confeso se posiciona en una absoluta aceptación de la experiencia real y se advierte en sus circunstancias. La confesión utiliza la memoria, no las suposiciones, y la lleva acabo no para conseguir una verdad, sino para relatarla. El lector queda en el papel del confesor, el receptor de las culpas, si se quiere, pero con la consciencia de que el conocimiento adquirido le ayudará a entender el funcionamiento de la crisis para poder pensar o imaginar de nuevo. Pero sobre todo, y con esto termino, como sucede a partir de la lectura de Confesión de un sicario, la confesión  nos obliga más que ningún otro género a re-pensarnos y a acusarnos igualmente: “porque la confesión, al ser leída, obliga al lector a verificarla, le obliga a leer dentro de sí mismo […] La confesión literariamente tiene pocas exigencias, pero sí tiene ésta de la que no sabríamos encontrar su receta y es: ser ejecutiva, llevarnos a hacer la misma acción que ha hecho el que se confiesa: ponernos como a él a la luz” (Zambrano 45) [1].

Joserra Ortiz, Brown University

[1] Zambrano, María. La confesión: género literario. 3ra. Edición. Madrid: Siruela, 2004

Lecturas de 2010. Un resumen y una lista

Durante ningún año, y tampoco durante una vida entera, uno llega a leer todo lo que hay o todo lo que quiere. Sin embargo, 2010 ha sido para mí un año especial porque pude leer mucho más de lo que hice en los tres o cuatro años anteriores. Por lo tanto, no me parece una desgracia que el altero de libros sin leer en mis libreros crezca semana tras semana. Soy paciente y sé que llegaré a ellos, aunque en el proceso se sigan acumulando libros y más libros. Es por eso que me resulta interesante, casi imprescindible, asomarme a las listas de los “mejores” libros que otros han leído durante este año. No solo para comparar y constatar lecturas y apreciaciones, sino también para priorizar futuras próximas lecturas en relación a las recomendaciones de otros lectores en quienes confío. Por fortuna para los entusiastas de los libros, a diferencia de los que se abocan exclusivamente a la música, al cine o a casi cualquier otra cosa, nuestras listas nunca son propuestas como absolutas o inamovibles. Es decir que nunca se articulan desde la urgencia impositiva de “lo mejor” contra “lo peor”. Más bien se elaboran desde la premisa de lo inabarcable y se proponen como guías comprensivas del propio trayecto por la literatura reciente. Para los interesados, en el blog de Hermano Cerdo varios escritores elaboran sus propios listados  de forma comentada. También Bef, en su blog monorama, hace lo propio. Yo aquí anoto mis lecturas favoritas, en forma de resumen.

No seré el primero en decir que Providence  (Anagrama, 2009) de Juan Francisco Ferré , puede ser considerada la novela del año (lo fue también del año pasado). Quizá de la década, en lo que corresponde a la literatura hispanoamericana. La trepidante y compleja aventura de su personaje, Alex Franco, transita por lugares y motivos de un presente que hemos ido construyendo por más de un siglo, dislocándolo de la modernidad más aferrada, desde el momento en que, como narración consciente de su cronotopo hipermoderno, desarticula perversamente antiguallas epistemológicas como “novela”, “realidad”, “modernidad”, “ética” o “contrapunto”. Y es que ya lo han dicho otros: Providence es más que una novela . En la mera cuestión narrativa, yo la calificaría como un relato multiplicado en sí mismo a través de yuxtaposiciones conscientes de los diversos registros y las diferentes facetas que tiene lo “real” del siglo XXI: un momento finalmente echado todo hacia el ciberespacio, pero extendido a todas las particularidades individuales con que el hiperviculado exterior se vuelve parte indivisible de uno mismo. La linealidad de la anécdota (que la tiene y es evidente), se transmuta en múltiples linealidades, alteradas y bifurcadas constantemente gracias a la perspectiva mutable que los “usuarios” hipermodernos (es peligroso decirlo, pero quizá ya no somos individuos, sino exclusivamente “usuarios”) tenemos de los diversos medios y actitudes sensibles con que nos acercamos y nos relatamos diariamente la vida. Del cine al videojuego, a la fantasía sexual y a la droga; del fracaso al deseo escapista, de la literatura a la publicidad, del contacto humano al hipervínculo y de ahí a la pesadilla y al viaje trasatlántico… Providence es el resumen de como nosotros yuxtaponemos igualmente todas esas experiencias y las traducimos en un solo relato, que es nuestra vida. Y Ferré lo escribe con una maestría narrativa brillante, que no abandona ni el buen humor ni los cuestionamientos filosófico y antropológico de nuestra realidad hipersignificada (o hipervinculada), ni se deja aparte los guiños a los registros compartidos y reconocibles.

Para quienes nos encontramos inmersos en el mundo académico, especialmente para los dedicados a las literaturas en español, la peninsular (ese es el horrible adjetivo con que se le estigmatiza, para apartarla de la de nuestro continente) es usualmente denostada y tachada injustamente de un arcaísmo realista que ya no posee (y que, siendo francos, quizá no poseyó tanto como quisieran los hijos del boom). La obra de Ferré, y no solo Providence, sino sus otros títulos, como La fiesta del asno (DVD, 2005), es una prueba fehaciente de ello. Como también lo es, entre otras, la más reciente novela de Vicente Luis Mora, Alba Cromm (Seix Barral, 2010), una deliciosa lectura que muta su aspecto esperado por el de una revista, con portada y publicidad incluidas. En esta novela, presentada como un fascículo especial de una publicación para hombres (y adolece, por cierto, de un afiche central con alguna modelo exuberante), los lectores disfrutamos de un extenso y bien conseguido thriller de reminiscencias tanto cinematográficas como literarias; ésta es la verdadera novela negra de nuestra época, un relato de género revalorado desde la hipermodernidad. Un somero resumen diría que Alba Croom es una novela de aventuras sin miedo al best-seller, pero que no se abandona a la facilidad de la fórmula. Y no lo digo sólo por su forma y su estructura, sino porque la narración se arroja a un final ambicioso que, como en la mejor literatura, atenta contra la novela misma; la cuestiona, la pone en entredicho y la significa desde un lugar que no es ella misma: otras novelas, otros registros que nos son conocidos… No digo más porque espero, realmente, tener pronto tiempo de escribir profusamente sobre esta novela que, desgraciadamente, todavía no se consigue en México (a diferencia de Providence que se encuentra en casi todas las librerías y de la que también quiero abundar próximamente).

En la línea de Ferré y de Mora, el mexicano Alberto Chimal se enfrenta desde la literatura a una realidad que ya no es la que la tradición nos ofreció como inmutable. Chimal es un caso extraordinario en la literatura mexicana reciente, debido a que logró su sólido prestigio como cuentista, un género que a pesar de su raigambre en nuestro país (nuestros mejores escritores han sido en algún momento cuentistas), no tiene el favor del mercado. O eso creemos popularmente y por eso pensamos que, como se dice por ahí, los cuentistas “no la hacen”. Chimal “sí la hizo” y “la sigue haciendo”, además de que su blog debe ser el más popular en México de entre los que escriben sobre libros . Su primera novela, Los esclavos (Almadía, 2009), fue la constatación de que su calidad como narrador es muy superior a la media de los escritores de este país. Posee un imaginario riquísimo del que elige las anécdotas más circunstanciales, para construir relatos de una complejidad muy significativa. Partiendo de esto, puedo decir que una constante en su literatura es la exploración de los deseos y las funciones del individuo. En el caso de Los esclavos, esta exploración la realiza desde la disección de dos situaciones sexuales muy prolongadas, en las que sus escasos personajes se educan (o re-educan) para funcionar en sus respectivas realidades particulares. Ambas anécdotas están significadas desde el valor único del sexo y la sumisión de un individuo a otro que, en palabras de Lipovetsky, sería un hipernarciso. Y como Narciso mismo, esta fulminante y corta narración logra establecer entre sus personajes y sus anécdotas, y luego con los lectores, una constante condición de espejos que simula, muy bien, nuestra cotidiana condición de reflejo. Estructurada en tres tiempos, Los esclavos es una novela implacable que cabe en el espectro de una nueva literatura naturalista, sin afanes moralistas o sensores. Chimal expone o, mejor dicho, nos expone a dos anécdotas hiperviolentas que, sin embargo, no causan molestia alguna porque logra presentarlas como totalmente reconocibles o comprensibles. En colindancia con las formas y los registros del mundo actual, no nos sensibiliza hacia un problema, sino que nos confiere el lugar del testigo mudo que recibe información como quien mira a un escaparate. En Marlene y Yuyis, Golo y Mundo, Chimal expone lo extremo sin censurarlo, comentándolo como si fuera una nota al pie explicativa de ciertas actividades de nuestra realidad.

No menciono en esta especie de lista dos novelas de 2009 solamente porque las leí en 2010, sino también porque, tanto Providence como Los esclavos, se convirtieron en los parámetros desde donde medí y valoré mis lecturas de este año. Creo que cada una, desde sus circunstancias y sus condiciones, pueden pensarse como los parteaguas de sus tradiciones particulares; es decir, que son la puerta de entrada al presente y al futuro inmediato de las novelísticas española y mexicana. Me conviene hacer aquí una advertencia: por cierto y por desgracia, como muchos otros lectores condicionados por lo que se encuentra en librerías o por la recomendación (o el préstamo) casual, ignoro mucho de lo que se está escribiendo en otras latitudes del español. No es mi culpa. Lo he dicho millones de veces en privado y en el café: tráiganme los libros y yo los leo. Un lector no puede y no deber ser siempre un Mahoma yendo a la montaña (con respeto). Más difícil me ha sido en los Estados Unidos el hacerme de novedades, condicionado como he estado a lo que se encuentra solamente en bibliotecas. Menciono esto al paso para que se recuerde que: nos urge hacernos de una verdadera red de lecturas y ediciones que multiplique las posibilidades de libros y autores para ser leídos en otros países (¡en otras ciudades!) que hablan su mismo idioma.

Considerando lo dicho, junto a ProvidenceAlba Cromm y Los esclavos, el 2010 me fue un año rico y diverso en lecturas. En este blog, en vísperas de mis resucitadas Jornadas de detectives y astronautas, reseñé a tropezones la primera novela de Benito Taibo, Polvo  (Planeta, 2010), que me parece de lo mejor del género detectivesco en nuestro país. También la primera novela de Bibiana Camacho, Tras las huellas de mi olvido (Almadía, 2010), que considero una buena promesa de lo que nos traerá esta escritora en el futuro. Su libro de cuentos, Tu ropa en mi armario (Jus, 2010), refrenda esa promesa y me deja a la expectativa de su porvenir como contadora de historias, de una calidad literaria impresionante. Camacho ha logrado lo que muchos grandes escritores: consolidar en la brevedad la complejidad de un imaginario extenso donde el individuo se enfrenta a sí mismo mientras sucede y se sucede en el mundo y en el tiempo. Cada uno de los cuentos de Tu ropa en mi armario recuerda la larguísima tradición del extrañamiento como herramienta para explorar intuitivamente nuestros propios sentimientos y nuestra condición de unicidad en la realidad. Una cuentísitica excepcional que, como mencioné antes, demuestra que el relato breve es el género donde nuestros mejores narradores funcionan con mayor comodidad.

Tal es el caso, también, de otro de los mejores libros mexicanos que leí este año: El tiempo apremia (Almadía, 2010), de Francisco Hinojosa, un volumen trazado desde la línea del humor y el sarcasmo, con la sensibilidad de los mejores ironistas de todos los tiempos. Quien conoce la obra de Hinojosa, sabe que esa visión pícara y crítica que conduce a la risa, es parte de las armas literarias del autor. En El tiempo apremia, sin embargo, el humor negro se recrudece y presume mayormente su agudeza cuando se le pone en la mesa de novedades a un lado de todos esos libros celebratorios de nuestro Bicentenario.

Debo hacer mención que Almadía la casa editorial mexicana afincada en Oaxaca, demostró una vez más este año que publica de lo mejor que hay en México. Chimal, Hinojosa y Camacho, son tan sólo tres de los autores cuyas novedades he considerado entre mis lecturas favoritas de este año que termina. Pero esta lista se agranda cuando recuerdo que D.F. Confidencial de J.M. Servín también fue publicada por ellos en 2010. De esta compilación de crónicas de Servín, uno de los escritores que no me cansaré de mencionar como de mis favoritos en México, ya escribí algo en este blog, cuando anticipaba su presentación en la ciudad de Monterrey. Debo volver pronto a esa reseña, escrita con prisas y que debo matizar una vez transcurridos varios meses de la primera lectura. No reniego, sin embargo, de mi consideración original, repetida durante la presentación del libro que se puede ver en esta serie de videos tomados el pasado octubre , en donde considero a D.F. Confidencial como el mi libro mexicano favorito de 2010. Servín es uno de nuestros pocos autores que, en lugar de acumular libros, está abocado a la construcción de una obra integral y contenida en sí misma. Sus crónicas están fuerte e íntimamente ligadas a sus novelas y cuentos, y con cada publicación su universo se enriquece y complejiza más y más. Uno de sus mayores valores y logros estilísticos, es que logra capturar y reflexionar la violencia sin medias verdades, sin artefactos falsarios y con una completa comprensión del individuo arrojado a una realidad de crudeza y desasosiego implacables.

Además de D.F. Confidencial, Servín publicó un cuento este año en la antología Negras intenciones  (Jus, 2010), compilada por Rodolfo J.M., y que es un muestrario de los mejores narradores de género negro en México. De lo único que adolece esta compilación es de la falta de un prólogo más extenso y explicativo, que me parece necesarísimo para entender el universo literario de lo noir mexicano, que es uno de los que más producen obras anualmente. Para el lector interesado, Negras intenciones se complementa perfectamente con otra antología, Viajeros. 25 años de ciencia ficción mexicana , compilada por Bernardo Fernández Bef y aparecida en el segundo semestre de 2010. Por fortuna, creo, ya no estamos en posición de defender la existencia y permanencia de este género en México, y la antología es una muestra contundente de ello (antes ya lo habían sido, aunque con menor fortuna, las colecciones Visiones periféricas, de Miguel Ángel Fernández y el tributo a Philip K. Dick, El hombre en las dos puertas). Además de clásicos y nuevos cuentos, el volumen viene con una nota final de Alberto Chimal y, en general, con la constatación de que Bernardo Fernández Bef es uno de nuestros escritores más activos, ricos e interesantes. De él, para cerrar el año, tuvimos la fortuna de recibir Espiral, una novela gráfica muda de la que ya publiqué una reseña en este mismo blog .

Vaya, veo que he escrito mucho y me he extendido demasiado en algunos puntos. Considero que era necesario, pero dudo de que alguien tenga la paciencia de seguir leyendo (y yo de seguir escribiendo por ahora). Por lo tanto, dejo esta entrada con una lista de los 18 (+1) títulos que, sin lugar a dudas, considero mis lecturas favoritas de este año. Anoto solamente novedades. Ojalá que quien haya llegado hasta el final de esta entrada, me comparta sus libros de 2010 para enriquecer mi librero. El segundo paréntesis señala el país de edición.

  1. Providence (Anagrama, 2009), de Juan Francisco Ferré (España)
  2. Alba Cromm (Seix Barral, 2010), de Vicente Luis Mora (España)
  3. Los muertos (Mondadori, 2010), de Jorge Carrión (España)
  4. Dublinesca (Seix Barral, 2010), de Enrique Vila-Matas (España)
  5. Los esclavos (Almadía, 2009), de Alberto Chimal (México)
  6. D.F. Confidencial (Almadía, 2010), de J.M. Servín (México)
  7. 8:8 El miedo en el espejo (Almadía, 2010), de Juan Villoro (México)
  8. Espiral (Alfaguara, 2010), de Bernardo Fernández Bef (México)
  9. El tiempo apremia (Almadía, 2010), de Francisco Hinojosa (México)
  10. Hotel DF (Mondadori, 2010), de Guillermo Fadanelli (México)
  11. Tu ropa en mi armario (Jus, 2010), de Bibiana Camacho (México)
  12. Malasuerte en Tijuana y El infierno puede esperar (Mondadori, 2009 y 2010), de Hilario Peña (México)
  13. Polvo (Planeta, 2010), de Benito Taibo (México)
  14. Viajeros. 25 años de ciencia ficción mexicana (Jus, 2010), compilado por Bef (México)
  15. Point Omega (Scribner, 2010), de Don DeLillo (Estados Unidos de Norteamérica)
  16. Freedom (Farrar, 2010), de Jonathan Franzen (Estados Unidos de Norteamérica)
  17. The Idea of Communism (Verso, 2010), editado por Slavoj Žižek y C. Douzinas (Reino Unido)
  18. El sujeto dialógico. Negociaciones de la modernidad conflictiva (FCE y Cátedra Alfonso Reyes del ITESM, 2010), de Julio Ortega (México)

Joserra Ortiz, Brown University

Polvo. Contra todo fanatismo, la coherencia


Taibo, Benito. Polvo. México, D.F.: Editorial Planeta, 2010

El país quiere volverse parte de la escena mundial, los muertos y los colgados en los postes telegráficos no lo dejan.

Benito Taibo, Polvo

Durante el año que corre, la industria editorial mexicana ha sido prolífica en la publicación de novelas históricas. La influencia innegable que han tenido las celebraciones y los fantasmas de nuestra Independencia, que cumple 200 años, y nuestra guerra de revolución, que por su parte ahora ya se presume de centenaria, han ocasionado un alud bibliográfico que juzgo sin precedentes en la producción literaria nacional de índole historicista. Como en todo, la calidad de las obras editadas ha sido desigual, pero conforme se acerca el final del año me atrevo a decir que este mero fenómeno ha sido por demás positivo. Por una parte, debido a que su escritura obedece al necesarísimo impulso a la recuperación de nuestra memoria histórica (sobre todo la micro-histórica), que es formativa y fundamental de nuestra conciencia y de nuestra cultura. Por otro, debido precisamente a que su manufactura se convoca desde los artefactos de la creación literaria, que no son otra cosa que los mecanismos de la mitificación —en el mejor sentido de la palabra: exploran todas las posibilidades de la verdad, para proponer la narración de los eventos que nos forman, funcionalizándolos en las particularidades de nuestro devenir real, a sabiendas, por supuesto, de que lo real no es más que un discurso que vamos construyendo con las probabilidades de lo irreal.

A pesar de lo dicho, Polvo, la primera novela del poeta Benito Taibo, no es otra novela histórica más de este espectro bibliográfico. Sobre todo porque no se situa en los hechos y personajes de la Independencia, y precisamente porque se desarrolla entre las postrimerías temporales y las funcionales de la Revolución, la novela de Benito Taibo explora al campo más olvidado del boom historicista que mencionaba: el de los problemas epistemológicos e ideológicos de un México, digámoslo así, ya formado. O supuestamente formado; el mismo México que hoy, cien años después de la promulgación del Plan de San Luis, sigue batallando por la definición de su forma y de su rumbo. A través del relato de la formación intelectual de un hombre sin nombre que de mecanógrafo comunal en el Acapulco de Juan Ranulfo Escudero, deviene en periodista capitalino; contrapunteada en la narración de su viaje hacia el norteño pueblo de Espinazo, en Nuevo León, en medio del conflicto cristero, y finalmente el recuento de sus experiencias y descubrimientos en ese desierto convertido en un mar de fe hacia los poderes curativos del Niño Fidencio, Polvo se extiende como la agridulce relación del esfuerzo con que en este país un hombre debe de defender sus ideas. Es por eso una novela sobre la integridad, sobre el destino real que sufren los sueños más consecuentes en un México donde la memoria tiene caducidad sexenal, y la violencia se impone, aunque nos duela aceptarlo, por sobre la razón. Un país violento, obstinado en establecer diferencias y que no ha entendido la lección que el periodista anónimo obtuvo de Escudero: “cuanto más diferentes seamos, más iguales deberemos ser” (85).

La novela abunda en esta dicotomía que me parece interesante; un conflicto irresuelto porque, quizá, estas cuestiones nunca podrán responderse del todo. Benito Taibo enfrenta los dos caracteres que puede adquirir en un individuo el abrazo a una causa. El fanatismo, por un lado, perverso y maléfico, ocasión más de destrucción que de progreso y justicia. Por el otro, la consecuencia; es decir la correspondencia ética, moral y catalítica entre los principios, educados y juiciosos, y la manera en que se profesan. En un momento u otro, en ambas caras de la moneda aflora la violencia, y la novela no justifica de ninguna manera esta resultante, pero sí señala que son los vicios y la irracionalidad que lleva consigo el fanatismo, los responsables del estado de zozobra e desprotección que se ha ido construyendo en el país. El mago Ulrich, por ejemplo, en su ciega búsqueda de venganza contra todos los hombres de la iglesia, es en Polvo uno de los resultados del accionar directo del fanatismo; su cruzada es, a final de cuentas, tan infructuosa como la resignación de los muchos otros, los que no pueden hacer nada más ante la injusticia de aquellos que, cegados por sus propios fantasmas unidimensionales, han terminado sistemáticamente con todas las esperanzas de nuestro país. Porque, estrictamente, la otra cara del fanático no es el consecuente, sino el resignado, y éste es producto del primero: “La resignación es como un mal que azota a nuestra tierra como si de una plaga se tratase; tiene que ver, supongo, con los muchos años de domino español y con la insistencia machacona escupida en los púlpitos domingo a domingo, donde se loan la mansedumbre y el poner la otra mejilla a la hora de los agravios.” Reflexiona el anónimo periodista y escudero de Escudero, y continúa más adelante: “Ni una gesta independiente, ni después una revolución con un millón de muertos han logrado quitarnos de encima esa culpa que no nos merecemos” (103).

No es, sin embargo, la resignación lo que causa la fe, sino que es el actuar consecuentemente lo que da preponderancia a la esperanza. Las creencias religiosas proponen universos mínimos y cerrados sin verdaderas opciones a futuro. Son todo presente, porque el futuro lo dan por hecho. No así las ideas que conllevan aspiraciones de verdadera justicia social, pues en ellas el presente es un momento que sienta las bases para el mañana. Lo que el personaje central de Polvo aprende en sus andares acapulqueños, con el ejemplo, el trabajo y las lecturas, lo impulsan en su viaje y su estancia en Espinazo, mientras se espera la llegada del presidente Calles para visitar al santón milagroso que todavía hoy convoca a miles de fieles desesperanzados, lo impulsan, decía, a cuestionar las factibilidades de la fe. En Espinazo, donde todo es, precisamente, polvo, él se enfrenta a una reproducción contenida de un país sumido en el caos; un país que, ya en el espectro rulfiano de la narración, se destroza cíclicamente desgranándose en una nube polvosa de irreflexión y violencia. La sola presencia del Niño Fidencio y la parafernalia que lo rodea y que envuelve sus actuaciones entre el espiritismo a la europea y la real necesidad de curar a los marginados, le proponen una verdadera escisión entre hombre y cosmogonía y resume toda la responsabilidad ideológica y espiritual en los hombres mismos: “Lo que sí me queda claro es que prefiero al dios, aunque no crea en él, que cura por medio de sus manos, que al otro que tiene por emisarios a los cuervos de sotana negra que van por la vida ofreciendo el infierno en vez del paraíso” (244).

No quiero develar nada más del intenso entramado que construye Polvo, no me perdonaría privar al lector de la sorpresa y la fascinación ante una prosa que, de pronto, en algunos apartados, resulta en una deliciosa articulación poética. Sólo me interesa celebrar la capacidad narrativa con que Benito Taibo entreteje el relato de aventuras, el planteamiento de un misterioso atentado y la historia real de una época tan difícil como la actual, donde, como siempre, van pagando justos por pecadores, y se van eliminando esperanzas. Cada personaje, con sus particulares historias que terminan unidas en nuestro ya utópico Espinazo, enriquece un crisol multiforme que ejemplifica cuán polifacético puede ser un cuerpo social; pero también cuán unívoca puede ser la mezquindad humana. Un mago que perdió a una mujer serpiente, un periodista formado en un gobierno justo en Acapulco, un pintor criminólogo lombrasiano, la guerra cristera, una dinamitera y su niño perdido, un cuaderno de notas… todos en un tren repleto de enfermos, buscando, por distintas razones, algo que el Niño Fidencio convocó en el desierto neoleonés y que hoy, seguramente, sigue ahí.

Joserra Ortiz, Brown University