
Reyna, Juan Carlos. Confesión de un sicario. El testimonio de Drago, lugarteniente de un cártel mexicano. Prólogo de Roberto Zamarripa. México: Grijalbo, 2011
Uno de los efectos más evidentes que ha tenido la ya inevitable permanencia del narcotráfico y su violencia, es una especie de re-educación sentimental y ética entre los mexicanos. Más allá del miedo, la paranoia y la desconfianza con que se mueve la mayoría de la gente, la sociedad participa de un nuevo discurso moral que reafirma dicotomías premodernas y absolutistas, como la diferencia entre “los buenos” y “los malos” (“malitos”, les dicen en Monterrey), y propone soluciones condicionadas por las mismas causas de su conflicto moral: la violencia y el terror. Conducta peligrosa y denigrante, sin duda alguna, y que, lamentablemente, ninguna instancia ha intentado siquiera contener o evitar. Como cambio epistemológico, además, esta situación ha convenido en una nueva estética signada en la visibilidad de la agresión y en la que todos sus objetos comunes, a pesar de que horroricen, han dejado de ser extraños: cabezas y cuerpos descuartizados a la vera del camino o en las aceras de plazas comerciales, mantas amenazadoras, policías y militares encapuchados transitando las calles con el ojo en la mirilla del fusil… y todo lo demás. Bajo esta estética todos somos el enemigo, todos estamos predeterminados a ser víctimas, todos somos la posibilidad del terror. La inevitabilidad de que eso sea México ha provocado, no voy a negarlo, respuestas ciudadanas que intentan la contenencia del fenómeno y la recuperación del respeto al derecho a la vida de cualquiera, como la campaña “No más sangre” que se mueve por las redes sociales. Pero la condena al fracaso de esta campaña (que me gusta y que no creo para nada oportunista, como otros), radica en que no se incluye dentro del fenómeno que, como ya dije, ha restructurado al país. Expone un principio que no le es intrínseco a esta sensibilidad ética, moral y estética de la violencia. Propone la vida donde ésta no importa. La ofrece, a lo mucho, como un valor a recuperar; es decir, como previo a los del presente y no como una posibilidad para el futuro.
La literatura sobre el narcotráfico, que desde hace ya tiempo se entiende como una división con características propias dentro de la amplia literatura negra o policiaca, ha sido muy congruente con esta epistemología. Se encarga del horror en el horror y no desestima las particularidades de la violencia en aras de moralinas inconsecuentes. Como lectores, a través de ella, asistimos no a la contingencia de nuestro presente, sino a la representación de nuestra fábula vivencial sin caer en ánimos celebratorios de otros registros sobre el tema, como los narcocorridos. En cierto sentido, la novela del narco se intenta desde la máxima del espejo en el camino de Stendhal, aunque en algunos casos, los mejores, algunos autores se proponen sus espejos más bien desde la situación valle-inclanesca. Pienso sobre todo en Hilario Peña cuando digo esto, pero también, aunque en menor medida, en Joaquín Guerrero Casasola e, inclusive, en la primera novela de Bernardo Fernández Bef, Tiempo de alacranes. Ejemplos hay suficientes, pero ese no es el punto.
Todo esto viene a colación porque leí una novela del narco que no es propiamente una novela, aunque sí trata del tema del narcotráfico: Confesión de un sicario (Grijalbo, 2011), de Juan Carlos Reyna. A su publicación le preceden un documental en el que trabajó el propio autor y, circunstancialmente, otro documental: El sicario (Room 164), de Gianfranco Rosi. Trata, como es obvio, de la vida de un asesino a sueldo dentro de un cártel mexicano y sorprende porque, como indica su título, es un caso real. No quiero aludir a la muy manida idea de que la realidad puede resultar más chocante que la ficción o que la puede superar. Eso es obvio y bastante común, aunque le cueste trabajo entenderlo a los no lectores. Sin embargo, no pude evitar pensarlo mientras me devoré las hasta eso escasas 186 páginas del libro. Podría decir, a lo mucho y suficientemente, que en el caso del libro de Reyna, la ficción supera el registro de la realidad en cuanto a que sus herramientas provocan una narrativa más dinámica, entretenida y suspendida por sus artificios provenientes de la tradición novelística. Quiero decir que, en comparación con todos los libros de corte periodístico sobre este tema que hoy abundan en nuestras librerías, el relato de la vida criminal de Drago funciona como una obra literaria de calidad más que aceptable dentro de los géneros en los que podríamos ubicarla: la confesión y el policiaco.
En Confesión de un sicario no obtenemos una pormenorización de fechas, nombres, cronologías y genealogías del narco mexicano. Al contrario, por seguridad del que se confiesa, la información se refugia en el anonimato y en la imprecisión, proponiendo una atmósfera que simula la de la ficción que trata al tema del crimen organizado. Aunque en su lectura no nos adentramos al análisis preciso del funcionamiento de las estructuras y culturas del narco, el libro resulta por demás esclarecedor de la vida y costumbres del fenómeno como una totalidad. Por eso, y esto me parece por demás efectivo, no se nos ofrecen juicios morales ni condenatorios. Simplemente se nos relata, de primera mano, la anécdota de un asesino a sueldo caído en la desgracia por circunstancias ajenas a su desempeño profesional y su subsiguiente huida, su persecución, su captura y su inclusión en el Programa de Testigos Colaboradores, del que también es expulsado para comenzar otra huida. Una en la que todavía se encuentra, según suponemos los lectores.
Esta confesión es, en todo sentido, la narración de una vida en la periferia de nuestra (hipócrita) sociedad que se circunscribe a todos los niveles y espacios de nuestra cultura. Inteligentemente, Reyna sitúa el contrapunto de la azarosa carrera delictiva de Drago (una intriga menor, en todo caso), en relación con las anécdotas de sus superiores y las decisiones que tomaron para cambiar al país. Con este artilugio, el autor consigue retratar un espectro muy extenso: desde el anecdotario de un soldado del cártel, se revela efectivamente la complejísima telaraña que sostiene al crimen organizado en México. Su interdependencia con los órdenes político, económico, social y hasta de entretenimiento que tanto se nos repite, en el libro funciona como el hilo conductor de una historia que sobrepasa los límites de las páginas, que desborda al recuento informativo, y se inserta en nuestra habitualidad. Una habitualidad, por cierto, que se descubre como una caricatura espantosa, un esperpento viciado por los excesos de una mitificación que aquí se desnuda gracias a la narración en primera persona.
Porque lo que no hace Reyna es retratar a Drago en comparación con nosotros los que no somos sicarios. Simplemente guía la voz del criminal para presentárnoslo como lo que es: un homicida, un asesino a sangre fría, pero sobre todo como un hombre con una moral construida con las herramientas estéticas y discursos éticos del crimen; un individuo para quien existe lo correcto y lo incorrecto dentro del universo del que él es referencia y que, por lo tanto, entiende la diferencia entre matar y… matar, porque lo único que sabe hacer en su vida es matar. Resulta interesante asistir a estas reflexiones del sicario, en las que su limitada experiencia del mundo (todas nuestras experiencias son limitadas por individuales), le permite erigir una ética basada en valores universales, como la lealtad, la obediencia y la diferencia entre lo éticamente positivo y lo éticamente negativo, aunque todos signados por las circunstancias en las que le toco habitar en el mundo. Pero también, porque su relato le permite construirse o, mejor dicho, reconstruirse y salvarse simbólicamente, sus reflexiones y su anecdotario tienen un filón literario que permite la especulación en su lectura. Por ejemplo, en contraposición al resto de personajes que deambulan por su confesión, Drago eligió para él un seudónimo que le permite resarcirse: el dragón que, según él, en una leyenda baja al infierno para morir y resucitar. Su conciencia de autor, por decirlo de algún modo, no le permite tener los mismos miramientos para con sus compinches y enemigos, quienes son degradados figurativamente por el narrador con nombres como Elefante, Tiburón, Cocodrilo, Licenciado Ballena o Alacrán, animalizaciones que apuntan a una conciencia de superioridad de quien ve en la palabra una forma de emancipación, refugio y poder.
Las palabras, ¡qué contingente de salvamento para la conciencia! Ignoro si el lenguaje de Drago es exactamente o muy parecido al que nos ofrece Reyna. También ignoro si la articulación y estructura del relato le pertenecen exclusivamente al autor (aunque eso indica no muy veladamente), pero la concatenación de las ideas y la dosificación de la trama ayudan, y mucho, para evitar el letargo. La prosa ágil de Reyna, que propone sus propios límites, echa al lector de lleno y con ansias a la historia del sicario. La narración de Drago no es lineal, está llena de prolepsis y analepsis que obligan a la trama a una redundancia esclarecedora. Este manejo de la información ayuda a crear un ambiente opresivo para el narrador-confeso, en el que se disemina la información a favor de un suspense que escala en la artificiosa dispersión de la información, más que por el mismo horror de lo que nos va contando. A la manera de la novela picaresca (y no olvidemos que el término hermano “sicaresca” ya ha sido acuñado con éxito, sobre todo a partir de La virgen de los sicarios), el lector entiende desde el principio que la historia de Drago es un escape en el que busca siempre algo mejor y termina peor que en el principio. Una cadena de traiciones de la que no sale bien parado y nos recuerda las mismas andanzas del Lazarillo de Tormes, siempre de peor en peor, condenado al fracaso continuo en manos de quienes se suponían podrían ayudarlo o salvarlo. En este nivel también cabe advertir lo atinado que resultan los intertextos en el libro. Aparecen dos o tres sueños y el relato de dos películas desde donde Drago se apoya para explicarse. Estos pequeños relatos convocados simbólicamente, interrumpen la narración precisamente para volverla a colocar en relación con el mundo, para que no escape del marco referencial absoluto: el mundo, la sociedad, el país.
De estas interrupciones me llamaron sobre todo la atención el sueño que tiene el sicario en el segundo hotel donde se hospeda, una vez que ha iniciado su escapatoria, así como su relación de la película animada El expreso polar. Ese sueño, como todos los pasajes oníricos de la literatura, está abigarrado de signos y símbolos que explican las causas y las acciones cometidas o por cometer. Parece como si el sicario quisiera comprender por medio de la ensoñación que en el fondo es un ser inmaduro y temeroso, a merced de la vida que se avejenta sin dejarlo escapar de su viacrucis (su pesadilla sucede en Semana Santa). Estas son consideraciones a las que luego vuelve en su relato, cuando comenta los traumas de su infancia, por ejemplo, o describe los pormenores de la vida y la muerte de un sicario. Lo de El expreso polar resulta hasta conmovedor, por su parte. Drago asiste a la película en la segunda parte de su vida, cuando ya es testigo protegido y parece que está por conseguir una vida más o menos normal en algún momento próximo. De la cinta solo le queda claro que un niño sin nada obtiene un cascabel que trata como su más grande tesoro, pero luego lo pierde. Al volver a su casa, sin embargo, el cascabel está ahí: es su premio y su felicidad. Cuando el sicario lo relata parece que hace un símil, incluso bastante burdo y evidente, con su propia vida. Pero esa ilusión se le esfuma cuando descubre que, además de su pareja, una prostituta uruguaya, en la sala lo acompañan los policías que tiene como guardia permanente: su expreso que no va a ninguna parte. Como final de su fábula, cuando el sicario vuelve un día a su casa ya no tenía lo que había conseguido, su cascabel dorado: una familia, bastante disfuncional por supuesto, pero propia y la primera de su vida.
Esta clase de consideraciones dejan claro que el libro de Reyna es más literatura que otra cosa, que está mucho más cerca de la novela que del periodismo de investigación. Y me parece muy bien. Sobre todo porque el tono de confesión lo incluye en un espectro amplísimo, en una tradición riquísima que suelo leer desde la perspectiva de La confesión: género literario (1943:1965), libro fundamental de María Zambrano. A través del trabajo de la filósofa española, podemos entender a la confesión como una forma escritural rebelde que no se ata completamente ni a la filosofía, ni a la literatura, sino que va a caballo entre ellas. Es un género único que las hermana y que conviene en lo mejor de ambas elaboraciones intelectuales. Pero, sobre todo, y esto me parece lo más importante para leer el libro de Reyna, Zambrano establece que la confesión es el género de la crisis de la verdad. Cuando la filosofía ya no puede explicar más la vida y la experiencia, y la novela no es suficiente para enmendar las extrañezas vivenciales por medio de la imaginación, la confesión aparece para aplacar ese conflicto. Sobre todo porque la confesión funciona a partir de una duración real y no de una suposición o la pretensión de un tiempo imaginado, y en ella el sujeto confeso se posiciona en una absoluta aceptación de la experiencia real y se advierte en sus circunstancias. La confesión utiliza la memoria, no las suposiciones, y la lleva acabo no para conseguir una verdad, sino para relatarla. El lector queda en el papel del confesor, el receptor de las culpas, si se quiere, pero con la consciencia de que el conocimiento adquirido le ayudará a entender el funcionamiento de la crisis para poder pensar o imaginar de nuevo. Pero sobre todo, y con esto termino, como sucede a partir de la lectura de Confesión de un sicario, la confesión nos obliga más que ningún otro género a re-pensarnos y a acusarnos igualmente: “porque la confesión, al ser leída, obliga al lector a verificarla, le obliga a leer dentro de sí mismo […] La confesión literariamente tiene pocas exigencias, pero sí tiene ésta de la que no sabríamos encontrar su receta y es: ser ejecutiva, llevarnos a hacer la misma acción que ha hecho el que se confiesa: ponernos como a él a la luz” (Zambrano 45) [1].
Joserra Ortiz, Brown University
[1] Zambrano, María. La confesión: género literario. 3ra. Edición. Madrid: Siruela, 2004