6 Jornadas de detectives y astronautas 2012

Este 18 de octubre arrancamos con las actividades de las Sextas Jornadas de detectives y astronautas, diseñadas para la XXII Feria Internacional del Libro de Monterrey.
Aquí el programa. Los que anden por allá, acompáñenos.

En esta ocasión repetimos nuestros dos concursos literarios. Es obligatorio que el finalista notificado se presente donde se le indique para recoger su premio, de lo contrario se le otorgará al siguiente finalista.
El 3er. Juan Hernández Luna para relato breve policiaco

… y el de twitcuentos de CF

 

 

Taller literario “Disfrutar del crimen”

Un anuncio: Los próximos 06, 07, 08, 09 y 10 de agosto impartiré en Arteria Izquierda Casa Cultural (San Luis Potosí), un taller de diez horas sobre distintas narrativas criminales. Se tratará sobre todo de interpretar los relatos delincuenciales, violentos y abyectos como hechos estéticos y leer los mecanismos de la ficción y de la representación como modelos recreativos que instalan nuevas y transgresoras moralidades.

El taller tiene un costo de $350 pesos.

Aquí el programa.

Teleshakespeare: El TV Guide crítico y necesario

Carrión, Jorge. Teleshakespeare. Errata naturae, 2011

 Quien no ama la imagen es injusto con la verdad

-Filóstrato*

 Teleshakespeare (Errata naturae, 2011), de Jorge Carrión, es un conjunto de ensayos sobre la que, indiscutiblemente, es la única literatura de gran público en el siglo XXI: las teleseries. Teleseries norteamericanas, que quede claro, de las que tienen pretensiones estéticas y argumentales más complejas que las series de toda la vida y muchas de las cuales todavía preparan nuevos capítulos y nuevas temporadas. La atención crítica a una realidad tan del presente e inacabada, podría pasar por la mayor debilidad del volumen pero, me parece, es en realidad ahí donde se encuentra su verdadera fortaleza. Pocas veces los lectores nos encontramos con reflexiones tan sólidas, razonadas y sugerentes sobre alguna producción cultural con la que coexistimos y compartimos tan inmediatamente. Por esa misma razón, el libro de Carrión es el de un verdadero humanista y, consciente de la estirpe genérica a la que se ata, obediente de Montaigne —claro, pero también de Eugenio d’Ors y de David Foster Wallace, por soltar dos nombres que descifro cuando lo leo—, antepone la razón a la opinión y la hermenéutica multitextual a aquella otra que en inglés llaman closereading.No quiere decir esto, por supuesto, que el autor desatienda los detalles y las particularidades de cada caso, pero sus lecturas específicas las describe siempre desde un amplio marco referencial en el que abundan otros registros con sus ejemplos, así como reflexiones sobre especificidades tanto narratológicas como ontológicas de nuestra época.

Aristotélicamente, y también como los “arcos dramáticos” de todas las teleseries, el libro se divide en tres partes. Las nociones medulares de Teleshakespeare se exponen en el largo “Episodio piloto”, donde se evidencian igualmente las preferencias y la muy instruida hermenéutica del autor, pero también sus limitaciones, mismas que el lector disculpa una vez que lee la “Nota final” [1]. Las ideas aquí planteadas luego se complican, enriquecen y rizomatizan en los 18 textos del apartado “Telenovelas”, cada uno referente a un caso particular y que abarca, en verdad, gran parte de lo mejor que nos ha dado la tele norteamericana en la última década. No importa si la serie en cuestión fue o es un éxito, como Breaking Bad Six Feet Under, o si se trató de un rotundo fracaso comercial, como en el caso de Carnivale FlashForward; lo que a Carrión le interesa es interpretar las preguntas que plantea la propia ficción, balanceándose con cuidado en las dos dudas metódicas que plantea en “Doce apuntes para un ensayo de Los Soprano como tragedia que no escribiré”: “¿hasta qué punto pueden aplicarse conceptos del pasado a lecturas del presente? ¿Dónde termina la interpretación y dónde comienza la sobreinterpretación?” (Como digo, en el “Episodio piloto” Carrión establece y conjunta los conceptos que luego permitirán sus ensayos sobre teleseries particulares. Sin vacilar, el autor arremete desde la primera línea con la elaboración de su idea clave inicial: que el relato en sí mismo antecede a su forma y a su medio y, por lo tanto, que el soporte no hace a la literatura como tal. Entendiendo que el relato no se crea ni se destruye, lo que importa es analizar sus transformaciones, entendiéndolas en su situación presente. Así, la idea tópica de que el periplo de lo literario desembocó durante el siglo XX en el cine, una tecnología que al mismo tiempo que contó historias fundó al país más poderoso de occidente, es revisada por Carrión en una clave presentista que descubre que las teleseries “son el penúltimo intento de los Estados Unidos por seguir siendo el centro de la geopolítica mundial. Como económicamente ya no es posible, los esfuerzos se canalizan hacia la dimensión militar y hacia la dimensión simbólica del imperio en decadencia” (13). Realidad palpable, la pérdida de lo magnificente “americano” y la imposibilidad del famoso American Dream y su way of life, han posibilitado a las teleseries para ser la versión norteamericana del cinema vérité. Una versión posmoderna, por supuesto, que, así lo entiendo en el libro, Carrión propone sobre todo centrada en la atención a personajes alejados casi completamente de paradigmas clásicos y, sobre todo, modernos. Personajes ‘enmascarados’, engañosos, de personalidades múltiples; de circunstancias trágicas, en el sentido completo y complejo de la palabra, signados siempre por las que parecen marcas epistemológicas del hoy: la insatisfacción, la angustia irreversible, la simulación del libre albedrío en un destino arrancado de estímulos.

Ojo: no hay moralina. Carrión ni los juzga, ni nos juzga. Examina, contrasta y entiende a los personajes en la dimensión que explica la popularidad de las teleseries. Da en el clavo lúcidamente al convenir que ellos son adictivos y comprende que esta es la única posibilidad contemporánea del culto. De lo de culto. Un culto que ya no puede establecer su mérito en la impopularidad, ni en el valor de lo propio o perteneciente a comunidades pequeñas y cerradas. Al contrario, el personaje serial es pretendidamente popular y se repite siempre, no solo tantas veces como haya nuevos episodios de la serie, sino también en sus posibilidades metatexuales e interconectadas, así como en la agencia que el espectador contemporáneo tiene para con ellos y sus historias. La clave shakesperiana, por decirlo así, del éxito teleserial está en todos esos personajes que se vuelven parte de nuestra propia vida. Están modelados a nuestra forma de leerlos, condicionados por mecanismos de brevedad, repetición y expansión como el zapping, el hipervínculo o el clip en YouTube. O quizá no es que se vuelvan parte de nuestra vida, sino que son una parte de nuestra experiencia del mundo.

La situación de estos personajes teleseriales la explicita Carrión en algunos de los ensayos sobre series específicas. En todos ellos tiene siempre presente que la naturaleza de la relación entre la ficción y lo real no es unívoca ni inamovible y que, aunque muchas veces “la Ficción va a remolque de lo Real”, en otras tantas ocurre a la inversa ya que, y esta idea me parece de las más importantes del libro, “el cine y la televisión operan una suerte de pedagogía social. Preparan al inconsciente colectivo para cambios inminentes” (21). Para muchos críticos literarios de los pasados dos siglos, esta era una característica propia de la narrativa. Incluso una obligación. No es que Carrión sea un formalista de intuiciones marxistas, pero no puede negar lo que una vez comprendido nos parece evidente. Sucede que las teleseries actuales, incluso las de ciencia ficción y tal vez no solo las contemporáneas sino las de todos los tiempos, son eminentemente realistas. Hiperrealistas, si se quiere. Sus eventos suceden, sin importar dónde, siempre aquí, y sin importar cuándo, siempre en este momento. La televisión nos representa, noche tras noche, y el Internet nos repite, cuando así lo queremos, nuestra proximidad, la inmediatez de las cosas. Ahí está, en lo que algunos necios todavía insisten erróneamente en llamar ‘cajas idiotas’, la distópica utopía de la hipermodernidad, sobrepoblada de pantallas que no nos permiten explicarnos de otro modo.

En los últimos cinco años de mi vida he convivido, sorpresivamente, con muchas personas que dicen despreciar la televisión y se jactan no solo de no verla, sino de no poseer uno de esos aparatos. Me sorprende, porque vivo rodeado de universitarios, ya sean estudiantes o profesores, dedicados a alguna de las disciplinas de las humanidades, sobre todo a la literatura y a los estudios culturales. Nunca he sabido qué tan verdaderas son esas jactancias y, sinceramente, dudo de que sean completamente ciertas. En realidad me importan poco. Me desagrada el desprecio por lo popular, por lo masificado, por la cultura producida en serie y para vender, porque supongo ese posicionamiento como una actitud agotada y estéril. Pero sobre todo, porque en la pretensión de la exclusividad de la alta cultura, tan modernamente arcaica, se enraíza una ignorancia fatal que solo empobrece la fertilidad y la renovación de nuestros artefactos culturales y artísticos, sobre todo de la literatura en todas sus formas y sus fondos. Teleshakespeare es una llamada de atención para todos esos ilusos.

Esta experiencia me permite pensar algo más a partir del libro: Hoy en día, cuando se desperdician tantas páginas y gritos en la defensa y/o el rechazo de los nuevos dispositivos para el almacenamiento y lectura de libros, quienes nos dedicamos a la literatura deberíamos mejor esforzarnos por debatir el presente y el futuro de las formas literarias, no de sus soportes. Debemos, como hace Carrión en Teleshakespeare, si no tomar partido, cuando menos entender que en la televisión se encuentra mucha de la literatura que nos influencia y que legaremos al mañana. Porque el lector se ha vuelto definitivamente, como lo llama el autor, un “telesujeto” y está eternamente activo. La hermenéutica del serieadicto, es mucho más participativa de lo que lo fue nunca cualquiera otra lectura: va del consumo a la interpretación y, tal y como ejemplifica un volumen como Teleshakespeare, termina en la producción, en la reescritura y en otras prácticas que logran lo que no fue posible antes: un nomadismo pop que solo obedece los límites de la aldea global, sin fronteras reales ni geográficas ni lingüísticas y donde “Todos somos piratas textuales que leemos, descontextualizamos, descargamos, traficamos con links y con lecturas de las obras que identificamos como pertenecientes a ese meta-género que es la teleserialidad de culto” (29).

Y es que Jorge Carrión entiende bien que la poética exitosa del teleserial se basa en la reinterpretación del concepto de saga y en la búsqueda de fidelidad lectora como hizo siempre la gran literatura moderna. Sus medios e innovaciones, aunque posmodernos  como la narrativa crossmedia, no suponen la eliminación de susrasgos ásevidentemente literarios. En la tele abunda la parodia,por ejemplo y todas las formas de la reescritura. Como género es, por lo tanto, capaz de reinventarse y evolucionar. Su medio le permite hacerlo de forma acelerada y en tan solo unos años dar giros fundamentales que eviten su agotamiento. Por eso, por ejemplo, Carrión presta mucha atención al “giro manierista” que ha dado el género en la última década. Sus dos modelos clave son The Sopranos/Mad Men Roma/Spartacus, donde los segundos no son continuaciones dramáticas de sus evidentes antecesores, sino reimaginaciones deudoras de sus tradiciones, objetos más perfectos de las primeras intuiciones y pretensiones.

No sé si es ir muy lejos pensar que ese giro manierista, hoy dado definitivamente en casos concretos, se ha anunciado siempre en la televisión en momentos clave como Bewitched/I Dream of Jeannie Beverly Hills, 90210/Melrose Place. Quizá sí, pero esta es una de las riquezas del libro, que permite al lector ir más allá de lo comentado para reimaginar o reinterpretar su experiencia personal como televidente. Porque, según
entiendo en Teleshakespeare, la teleserialidad vive “un momento histórico de una complejidad semiótica sin precedentes, por la multiplicación de lenguajes y de vehículos de transmisión, en un nivel de simbiosis e hibridación inimaginable hace veinte años” (46). La serie televisiva es una literatura que se lee, por lo tanto, en sus frenéticas riquezas
metatextuales y referenciales. Una lectura que se posibilita siempre en la expansión multivisual y luego se replantea en su historia. La teleserie es, por lo mismo, una literatura que, como hace Carrión, debe revisarse a partir y en consecuencia de todas las literaturas que le dan forma y a las que da forma.

Algo que me llama la atención del libro es que, a pesar de la fortaleza de los  Razonamientos y juicios de Jorge Carrión, suficientes para que los incrédulos comprendan la validez y necesidad de la teleserie como forma del relato, el autor se esfuerce porque dejemos de llamarlas “teleseries”. Desea que se le imponga la “seria” etiqueta de “telenovela”, como si en la nominación estuviera su prestigio. Se escuda en la validez del nombre “novela gráfica” que nomina a los cómics con “mayor ambición artística” y sabe que, por desgracia, la palabra “telenovela” tiene las connotaciones negativas del producto al que desde hace mucho hace referencia. A mí, la verdad, esta “aspiración de legitimidad” me parece inútil e innecesaria una vez que se comprende que la calidad literaria es inherente al producto. Además, siendo honestos, se ha abusado tanto del concepto de “novela gráfica” que desde hace mucho se le llama así a cualquier historieta larga, como si cualquiera de estas (pongo por caso dos de las más que lamentables y recientes Old Man Logan Batman: Cacophony), tuvieran la calidad literaria de obras fundamentales del género como A Contract With God Like a Velvet Glove Cast in Iron, o las que parecen favoritas personales del autor: Watchmen The Dark Knight Returns.

Perofuera de esta pretensión que, por supuesto, a muchos de los lectores de Teleshakespeare les parecerá tan necesaria como a Carrión, no tengo casi ninguna
objeción con el libro. En general, y como ya dije, me parece un volumen muy bien pensado, razonado y sobre todo planteado. El esfuerzo interpretativo y reflexivo es notorio y cada uno de los ensayos que se dedica a una serie en particular, se preocupa por llamar la atención sobre otras series, películas, libros, cómics e inclusive eventos específicos para delimitar la lectura de un género que, Carrión lo sabe y entiende muy bien, está profundamente comunicado con demasiadas tradiciones y literaturas coetáneas, debido a su naturaleza multidimensional. Hay errores y omisiones mínimas, como en todo texto de esta especie, pero nada de esto demerita la totalidad del volumen. Un caso puntual es el de decir en repetidas ocasiones que Walter White, el personaje central de Breaking Bad, es físico cuando en realidad es químico, o el de olvidar a South Park cuando menciona la parodia animada de The Simpsons Family Guy, o prescindir del recinto escolar como uno de los espacios más importantes de los teleseriales del cambio de siglo. Nimiedades sin importancia, obsesiones mías.

Quizá lo único que me molesta un poco más, es que la década de los noventa pase casi inadvertida o que el libro no se detiene siquiera a comentar el producto más gringo de todos: las comedias situacionales. Sé que siendo todas las series comentadas productos del nuevo siglo (la más vieja es 24), el autor no está obligado a reflexionar seriamente sobre lo que ocurrió en la década anterior. Pero si su breve y dispersa historiografía del teleserial lo conduce a pensar en Twin Peaks como el origen remoto del presente del género, o a identificar las diferencias epistemológicas entre la figura del héroe en la televisión de los ochenta y en la actual, bien hubiera valido la pena que se detuviera un momento a revisar las teleseries de finales del siglo pasado que, en definitiva, me parece, posibilitaron el fenómeno actual. No me imagino la serie Heroes, por ejemplo (y a la que dedica uno de mis ensayos favoritos del libro), sin la influencia directa del trabajo de Joss Whedon, creador de Buffy the Vampire Slayer y revitalizador del Space Opera teleseriado con su fallida Serenity. En Buffy (como luego ocurrió en Charmed y se afianzó en Smallville), estaba ya la visión poliédrica de un universo contenido pero siempre en expansión que Carrión observa en muchas series actuales, así como la centralidad del personaje adictivo que hoy ya es común.

Ya para acabar: En la “Nota final” del libro, Carrión comenta que el ensayo “The Wire: la red policrítrica” había sido previamente publicado en otro volumen de la misma editorial. Por mi conocimiento de principiante en la obra del autor, a quien descubrí apenas el año pasado en la novela Los muertos (Mondadori, 2010), ignoro si cualquier otro de los ensayos de Teleshakespeare apareció en algún otro medio antes de la publicación del libro. No me sorprendería que fuera así, porque en el libro se nota un conocimiento integral y una lectura de años y en continua construcción. Como todo ensayo que es verdaderamente eso y no teoría o crítica académica, el libro de Jorge Carrión no puede completarse ni concretarse nunca, tan solo seguir manifestándose y componiéndose en fragmentos. Intenta, discute y se queda donde le toca: el hoy más actual, con lo que hay, sin intentar mirar hacia un mañana que no podemos ni siquiera imaginar porque el presente, como todas las teleseries, nos tiene enganchados y a la expectativa, siempre en la búsqueda de un spoiler leakeadoque anuncie un poco de lo que todavía no comienza.

 Joserra Ortiz, Brown University

La máxima de Filóstrato aparece como epígrafe del capítulo “Nuevas condiciones”, de Giro Visual (Delirio, 2009), de Fernando R. de la Flor. Este es un ensayo potente y demasiado lúcido sobre la debacle de la lectoescritura en un mundo que vuelve a ser de imágenes, potenciadas por la cultura audiovisual digital. P el neófito en el tema, creo que puede complementar lecturas específicas como Teleshakespeare.

Nota al pie.

[1] Me refiero a lo neófito y sorprendido que se muestra Carrión ante cuestiones que a cualquier televidente anterior a 2005 (año en que confiesa haber comenzado a consumir obsesivamente teleseries y su literatura). Un ejemplo entre los varios es su descubrimiento de que “En muchas ocasiones, encontramos en el título la clave interpretativa del episodio” (45), refiriéndose a que hay capítulos con clave intertextual en sus títulos. Pero esta situación es más que normal en el mundo de la televisión norteamericana, no es original ni de Lost ni de The Wire (los ejemplos que ensalza). Pienso, limitándome a tres y en orden cronológico, en The Adventures of Pete and PeteBuffy the Vampire Slayer y Grounded for Life.

UPDATE a esta nota al pie (Sept 28): Finalmente entendí correctamente a qué se refería Carrión con esto de la clave intertextual del episodio en el título. Mi anotación pierde totalmente el sentido ahora. Una disculpa.

Lecturas de 2010. Un resumen y una lista

Durante ningún año, y tampoco durante una vida entera, uno llega a leer todo lo que hay o todo lo que quiere. Sin embargo, 2010 ha sido para mí un año especial porque pude leer mucho más de lo que hice en los tres o cuatro años anteriores. Por lo tanto, no me parece una desgracia que el altero de libros sin leer en mis libreros crezca semana tras semana. Soy paciente y sé que llegaré a ellos, aunque en el proceso se sigan acumulando libros y más libros. Es por eso que me resulta interesante, casi imprescindible, asomarme a las listas de los “mejores” libros que otros han leído durante este año. No solo para comparar y constatar lecturas y apreciaciones, sino también para priorizar futuras próximas lecturas en relación a las recomendaciones de otros lectores en quienes confío. Por fortuna para los entusiastas de los libros, a diferencia de los que se abocan exclusivamente a la música, al cine o a casi cualquier otra cosa, nuestras listas nunca son propuestas como absolutas o inamovibles. Es decir que nunca se articulan desde la urgencia impositiva de “lo mejor” contra “lo peor”. Más bien se elaboran desde la premisa de lo inabarcable y se proponen como guías comprensivas del propio trayecto por la literatura reciente. Para los interesados, en el blog de Hermano Cerdo varios escritores elaboran sus propios listados  de forma comentada. También Bef, en su blog monorama, hace lo propio. Yo aquí anoto mis lecturas favoritas, en forma de resumen.

No seré el primero en decir que Providence  (Anagrama, 2009) de Juan Francisco Ferré , puede ser considerada la novela del año (lo fue también del año pasado). Quizá de la década, en lo que corresponde a la literatura hispanoamericana. La trepidante y compleja aventura de su personaje, Alex Franco, transita por lugares y motivos de un presente que hemos ido construyendo por más de un siglo, dislocándolo de la modernidad más aferrada, desde el momento en que, como narración consciente de su cronotopo hipermoderno, desarticula perversamente antiguallas epistemológicas como “novela”, “realidad”, “modernidad”, “ética” o “contrapunto”. Y es que ya lo han dicho otros: Providence es más que una novela . En la mera cuestión narrativa, yo la calificaría como un relato multiplicado en sí mismo a través de yuxtaposiciones conscientes de los diversos registros y las diferentes facetas que tiene lo “real” del siglo XXI: un momento finalmente echado todo hacia el ciberespacio, pero extendido a todas las particularidades individuales con que el hiperviculado exterior se vuelve parte indivisible de uno mismo. La linealidad de la anécdota (que la tiene y es evidente), se transmuta en múltiples linealidades, alteradas y bifurcadas constantemente gracias a la perspectiva mutable que los “usuarios” hipermodernos (es peligroso decirlo, pero quizá ya no somos individuos, sino exclusivamente “usuarios”) tenemos de los diversos medios y actitudes sensibles con que nos acercamos y nos relatamos diariamente la vida. Del cine al videojuego, a la fantasía sexual y a la droga; del fracaso al deseo escapista, de la literatura a la publicidad, del contacto humano al hipervínculo y de ahí a la pesadilla y al viaje trasatlántico… Providence es el resumen de como nosotros yuxtaponemos igualmente todas esas experiencias y las traducimos en un solo relato, que es nuestra vida. Y Ferré lo escribe con una maestría narrativa brillante, que no abandona ni el buen humor ni los cuestionamientos filosófico y antropológico de nuestra realidad hipersignificada (o hipervinculada), ni se deja aparte los guiños a los registros compartidos y reconocibles.

Para quienes nos encontramos inmersos en el mundo académico, especialmente para los dedicados a las literaturas en español, la peninsular (ese es el horrible adjetivo con que se le estigmatiza, para apartarla de la de nuestro continente) es usualmente denostada y tachada injustamente de un arcaísmo realista que ya no posee (y que, siendo francos, quizá no poseyó tanto como quisieran los hijos del boom). La obra de Ferré, y no solo Providence, sino sus otros títulos, como La fiesta del asno (DVD, 2005), es una prueba fehaciente de ello. Como también lo es, entre otras, la más reciente novela de Vicente Luis Mora, Alba Cromm (Seix Barral, 2010), una deliciosa lectura que muta su aspecto esperado por el de una revista, con portada y publicidad incluidas. En esta novela, presentada como un fascículo especial de una publicación para hombres (y adolece, por cierto, de un afiche central con alguna modelo exuberante), los lectores disfrutamos de un extenso y bien conseguido thriller de reminiscencias tanto cinematográficas como literarias; ésta es la verdadera novela negra de nuestra época, un relato de género revalorado desde la hipermodernidad. Un somero resumen diría que Alba Croom es una novela de aventuras sin miedo al best-seller, pero que no se abandona a la facilidad de la fórmula. Y no lo digo sólo por su forma y su estructura, sino porque la narración se arroja a un final ambicioso que, como en la mejor literatura, atenta contra la novela misma; la cuestiona, la pone en entredicho y la significa desde un lugar que no es ella misma: otras novelas, otros registros que nos son conocidos… No digo más porque espero, realmente, tener pronto tiempo de escribir profusamente sobre esta novela que, desgraciadamente, todavía no se consigue en México (a diferencia de Providence que se encuentra en casi todas las librerías y de la que también quiero abundar próximamente).

En la línea de Ferré y de Mora, el mexicano Alberto Chimal se enfrenta desde la literatura a una realidad que ya no es la que la tradición nos ofreció como inmutable. Chimal es un caso extraordinario en la literatura mexicana reciente, debido a que logró su sólido prestigio como cuentista, un género que a pesar de su raigambre en nuestro país (nuestros mejores escritores han sido en algún momento cuentistas), no tiene el favor del mercado. O eso creemos popularmente y por eso pensamos que, como se dice por ahí, los cuentistas “no la hacen”. Chimal “sí la hizo” y “la sigue haciendo”, además de que su blog debe ser el más popular en México de entre los que escriben sobre libros . Su primera novela, Los esclavos (Almadía, 2009), fue la constatación de que su calidad como narrador es muy superior a la media de los escritores de este país. Posee un imaginario riquísimo del que elige las anécdotas más circunstanciales, para construir relatos de una complejidad muy significativa. Partiendo de esto, puedo decir que una constante en su literatura es la exploración de los deseos y las funciones del individuo. En el caso de Los esclavos, esta exploración la realiza desde la disección de dos situaciones sexuales muy prolongadas, en las que sus escasos personajes se educan (o re-educan) para funcionar en sus respectivas realidades particulares. Ambas anécdotas están significadas desde el valor único del sexo y la sumisión de un individuo a otro que, en palabras de Lipovetsky, sería un hipernarciso. Y como Narciso mismo, esta fulminante y corta narración logra establecer entre sus personajes y sus anécdotas, y luego con los lectores, una constante condición de espejos que simula, muy bien, nuestra cotidiana condición de reflejo. Estructurada en tres tiempos, Los esclavos es una novela implacable que cabe en el espectro de una nueva literatura naturalista, sin afanes moralistas o sensores. Chimal expone o, mejor dicho, nos expone a dos anécdotas hiperviolentas que, sin embargo, no causan molestia alguna porque logra presentarlas como totalmente reconocibles o comprensibles. En colindancia con las formas y los registros del mundo actual, no nos sensibiliza hacia un problema, sino que nos confiere el lugar del testigo mudo que recibe información como quien mira a un escaparate. En Marlene y Yuyis, Golo y Mundo, Chimal expone lo extremo sin censurarlo, comentándolo como si fuera una nota al pie explicativa de ciertas actividades de nuestra realidad.

No menciono en esta especie de lista dos novelas de 2009 solamente porque las leí en 2010, sino también porque, tanto Providence como Los esclavos, se convirtieron en los parámetros desde donde medí y valoré mis lecturas de este año. Creo que cada una, desde sus circunstancias y sus condiciones, pueden pensarse como los parteaguas de sus tradiciones particulares; es decir, que son la puerta de entrada al presente y al futuro inmediato de las novelísticas española y mexicana. Me conviene hacer aquí una advertencia: por cierto y por desgracia, como muchos otros lectores condicionados por lo que se encuentra en librerías o por la recomendación (o el préstamo) casual, ignoro mucho de lo que se está escribiendo en otras latitudes del español. No es mi culpa. Lo he dicho millones de veces en privado y en el café: tráiganme los libros y yo los leo. Un lector no puede y no deber ser siempre un Mahoma yendo a la montaña (con respeto). Más difícil me ha sido en los Estados Unidos el hacerme de novedades, condicionado como he estado a lo que se encuentra solamente en bibliotecas. Menciono esto al paso para que se recuerde que: nos urge hacernos de una verdadera red de lecturas y ediciones que multiplique las posibilidades de libros y autores para ser leídos en otros países (¡en otras ciudades!) que hablan su mismo idioma.

Considerando lo dicho, junto a ProvidenceAlba Cromm y Los esclavos, el 2010 me fue un año rico y diverso en lecturas. En este blog, en vísperas de mis resucitadas Jornadas de detectives y astronautas, reseñé a tropezones la primera novela de Benito Taibo, Polvo  (Planeta, 2010), que me parece de lo mejor del género detectivesco en nuestro país. También la primera novela de Bibiana Camacho, Tras las huellas de mi olvido (Almadía, 2010), que considero una buena promesa de lo que nos traerá esta escritora en el futuro. Su libro de cuentos, Tu ropa en mi armario (Jus, 2010), refrenda esa promesa y me deja a la expectativa de su porvenir como contadora de historias, de una calidad literaria impresionante. Camacho ha logrado lo que muchos grandes escritores: consolidar en la brevedad la complejidad de un imaginario extenso donde el individuo se enfrenta a sí mismo mientras sucede y se sucede en el mundo y en el tiempo. Cada uno de los cuentos de Tu ropa en mi armario recuerda la larguísima tradición del extrañamiento como herramienta para explorar intuitivamente nuestros propios sentimientos y nuestra condición de unicidad en la realidad. Una cuentísitica excepcional que, como mencioné antes, demuestra que el relato breve es el género donde nuestros mejores narradores funcionan con mayor comodidad.

Tal es el caso, también, de otro de los mejores libros mexicanos que leí este año: El tiempo apremia (Almadía, 2010), de Francisco Hinojosa, un volumen trazado desde la línea del humor y el sarcasmo, con la sensibilidad de los mejores ironistas de todos los tiempos. Quien conoce la obra de Hinojosa, sabe que esa visión pícara y crítica que conduce a la risa, es parte de las armas literarias del autor. En El tiempo apremia, sin embargo, el humor negro se recrudece y presume mayormente su agudeza cuando se le pone en la mesa de novedades a un lado de todos esos libros celebratorios de nuestro Bicentenario.

Debo hacer mención que Almadía la casa editorial mexicana afincada en Oaxaca, demostró una vez más este año que publica de lo mejor que hay en México. Chimal, Hinojosa y Camacho, son tan sólo tres de los autores cuyas novedades he considerado entre mis lecturas favoritas de este año que termina. Pero esta lista se agranda cuando recuerdo que D.F. Confidencial de J.M. Servín también fue publicada por ellos en 2010. De esta compilación de crónicas de Servín, uno de los escritores que no me cansaré de mencionar como de mis favoritos en México, ya escribí algo en este blog, cuando anticipaba su presentación en la ciudad de Monterrey. Debo volver pronto a esa reseña, escrita con prisas y que debo matizar una vez transcurridos varios meses de la primera lectura. No reniego, sin embargo, de mi consideración original, repetida durante la presentación del libro que se puede ver en esta serie de videos tomados el pasado octubre , en donde considero a D.F. Confidencial como el mi libro mexicano favorito de 2010. Servín es uno de nuestros pocos autores que, en lugar de acumular libros, está abocado a la construcción de una obra integral y contenida en sí misma. Sus crónicas están fuerte e íntimamente ligadas a sus novelas y cuentos, y con cada publicación su universo se enriquece y complejiza más y más. Uno de sus mayores valores y logros estilísticos, es que logra capturar y reflexionar la violencia sin medias verdades, sin artefactos falsarios y con una completa comprensión del individuo arrojado a una realidad de crudeza y desasosiego implacables.

Además de D.F. Confidencial, Servín publicó un cuento este año en la antología Negras intenciones  (Jus, 2010), compilada por Rodolfo J.M., y que es un muestrario de los mejores narradores de género negro en México. De lo único que adolece esta compilación es de la falta de un prólogo más extenso y explicativo, que me parece necesarísimo para entender el universo literario de lo noir mexicano, que es uno de los que más producen obras anualmente. Para el lector interesado, Negras intenciones se complementa perfectamente con otra antología, Viajeros. 25 años de ciencia ficción mexicana , compilada por Bernardo Fernández Bef y aparecida en el segundo semestre de 2010. Por fortuna, creo, ya no estamos en posición de defender la existencia y permanencia de este género en México, y la antología es una muestra contundente de ello (antes ya lo habían sido, aunque con menor fortuna, las colecciones Visiones periféricas, de Miguel Ángel Fernández y el tributo a Philip K. Dick, El hombre en las dos puertas). Además de clásicos y nuevos cuentos, el volumen viene con una nota final de Alberto Chimal y, en general, con la constatación de que Bernardo Fernández Bef es uno de nuestros escritores más activos, ricos e interesantes. De él, para cerrar el año, tuvimos la fortuna de recibir Espiral, una novela gráfica muda de la que ya publiqué una reseña en este mismo blog .

Vaya, veo que he escrito mucho y me he extendido demasiado en algunos puntos. Considero que era necesario, pero dudo de que alguien tenga la paciencia de seguir leyendo (y yo de seguir escribiendo por ahora). Por lo tanto, dejo esta entrada con una lista de los 18 (+1) títulos que, sin lugar a dudas, considero mis lecturas favoritas de este año. Anoto solamente novedades. Ojalá que quien haya llegado hasta el final de esta entrada, me comparta sus libros de 2010 para enriquecer mi librero. El segundo paréntesis señala el país de edición.

  1. Providence (Anagrama, 2009), de Juan Francisco Ferré (España)
  2. Alba Cromm (Seix Barral, 2010), de Vicente Luis Mora (España)
  3. Los muertos (Mondadori, 2010), de Jorge Carrión (España)
  4. Dublinesca (Seix Barral, 2010), de Enrique Vila-Matas (España)
  5. Los esclavos (Almadía, 2009), de Alberto Chimal (México)
  6. D.F. Confidencial (Almadía, 2010), de J.M. Servín (México)
  7. 8:8 El miedo en el espejo (Almadía, 2010), de Juan Villoro (México)
  8. Espiral (Alfaguara, 2010), de Bernardo Fernández Bef (México)
  9. El tiempo apremia (Almadía, 2010), de Francisco Hinojosa (México)
  10. Hotel DF (Mondadori, 2010), de Guillermo Fadanelli (México)
  11. Tu ropa en mi armario (Jus, 2010), de Bibiana Camacho (México)
  12. Malasuerte en Tijuana y El infierno puede esperar (Mondadori, 2009 y 2010), de Hilario Peña (México)
  13. Polvo (Planeta, 2010), de Benito Taibo (México)
  14. Viajeros. 25 años de ciencia ficción mexicana (Jus, 2010), compilado por Bef (México)
  15. Point Omega (Scribner, 2010), de Don DeLillo (Estados Unidos de Norteamérica)
  16. Freedom (Farrar, 2010), de Jonathan Franzen (Estados Unidos de Norteamérica)
  17. The Idea of Communism (Verso, 2010), editado por Slavoj Žižek y C. Douzinas (Reino Unido)
  18. El sujeto dialógico. Negociaciones de la modernidad conflictiva (FCE y Cátedra Alfonso Reyes del ITESM, 2010), de Julio Ortega (México)

Joserra Ortiz, Brown University

ESPIRAL. La narrativa gráfica ‘mise en abîme’


Fernández, Bernardo (Bef). Espiral. Un cómic recursivo. México, D.F.: Alfaguara, 2010

Espiral, de Bernardo Fernández Bef, es la lectura ideal para quien sabe que la narrativa puede deshacerse de sus elementos y herramientas más obvias, para convertirse en un canal experimental que no por arriesgado, deja de cumplir con la función insustituible del buen relato: el entretenimiento. También es la lectura ideal para quienes no leen, y por las mismas razones. Pero sobre todo, es una lectura recomendada para los escépticos que todavía andan por allí, empecinados en el anquilosamiento de las formas y en el encasillamiento de los géneros y sus autores. Me explico: Espiral es una novela gráfica y, aunque breve (apenas 64 páginas), es riquísima en anécdotas y tramas donde se exploran, desde la premisa de que todo suceso es accidental, distintas facetas de la complicada vida humana.

Ya he escrito antes en este blog sobre Bef y su obra, así que remito a ese texto para conocer mi opinión sobre quien considero uno de los autores más importantes que tenemos en México. He decidido volver a él, aunque sea brevemente, porque esta novela acaba de ser publicada (al día de hoy tiene menos de un mes en librerías), y creo que merece la pena leerla para cerrar un año que ha sido por demás rico y prolífico en el panorama editorial mexicano. Abundo antes de entrar en materia: el 2010 nos ha traído libros de narrativa que desde ya considero imprescindibles para el lector entusiasta y el especializado. Por mencionar sólo algunos, aludo a las antologías Viajeros, también de Bef, y Negras Intenciones, de Rodolfo J.M., dos muestrarios de literatura de género que llegan, quizá un poco tarde pero todavía en el momento preciso. Igualmente recuerdo novelas como Polvo, de Benito Taibo; Tras las huellas de mi olvido, de Bibiana Camacho; El infierno puede esperar, de Hilario Peña y Hotel DF, de Guillermo Fadanelli; también libros de cuentos, como El tiempo apremia, de Francisco Hinojosa (entre otros tantos; parece que el cuento sigue siendo el género más efectivo en México); así como las crónicas 8.8: El miedo en el espejo, de Juan Villoro; y D.F. Confidencial, de J.M. Servín, que sigo creyendo el mejor libro publicado en México durante este año que termina. Me detengo, excusándome de las ausencias (culpa de la premura, la falta de tiempo y la mala memoria), para colocar entre estos títulos a Espiral como una de las puntas de lanza de las nuevas y arriesgadas formas por las que se decantan los escritores jóvenes de México.

Bueno, pues a lo que voy.

La genialidad de Espiral radica en que, de entrada, pone en entredicho la inmutabilidad de la narrativa tradicional. En primera instancia, porque aprovechando su condición de cómic, arranca al relato de toda palabra. Es una novela muda que consigue simbolizar y comunicar a través de viñetas y texturas, en cuya concatenación devela, cuadro por cuadro, tramas de un significado tan complejo que sorprende a quien todavía cree que las historietas son un vehículo narrativo de segundo orden—el mismo Bef, en su epílogo, nos recuerda que “El del dibujante de cómics es un oficio ingrato. El novelista más mediocre tiene más prestigio que el mejor de los historietistas”. Es también gracias a ese silencio cautivo con el que se transita por sus páginas, que Espiral consigue renovar la tradicional experiencia lectora: con este cuento de cuentos, diez en total, Bef consigue que su lector se descubra de pronto inmerso en una nueva forma de la experiencia hermenéutica que recurre al principio de todo lenguaje: descubrir símbolos que referencian cosas que significan, luego, un universo reconocible.

El de Bef no es, por supuesto, el primero ni el último cómic mudo (y en el caso de México recordemos la genial historia de Pepe Rojo ilustrada por Bachan para la antología Pulpo cómics), pero, como anota generosamente Peter Kuper en la solapa, Espiral “lleva el lenguaje internacional de los cómics sin palabras a nuevas alturas –y bajadas”. Creo que esto se debe, sobre todo, a otros dos elementos clave de la novela, además de la renuncia al lenguaje escrito. Ambos elementos tienen que ver con su estructura. El primero es la novedad de la misma, basada en el principio de la recursividad, y el segundo son los alcances poéticos que consigue con esta estructura narrativa.

Espiral me sorprende porque, a pesar de su dislocación en diez historias breves y concatenadas recursivamente, una dentro de otra, no renuncia a recursos tradicionales y reconocibles que la colocan en el amplio espectro de la literatura universal. Tal es el caso de su devenir circular, esa estructura mítica que nos anuncia la inevitabilidad del eterno retorno, y el orden del mundo estipulado como un principio que es un fin que es un principio. De esta forma, Espiral es un bucle perenne que consigue recomenzarse a sí mismo, tantas veces como lecturas se precisen para descubrir todos los significados encerrados en sus microhistorias y las relaciones entre ellas. Pero dentro de este bucle, además, la novela adopta otro recurso narrativo demostrado como intrínseco a la narrativa más completa y compleja, desde las primeras modernidades de la literatura. Me refiero al uso de la vieja forma de las “cajas chinas” o las “matrioskas rusas” (en francés se le llama literatura ”mise en abîme“), útiles no sólo para develar distintos niveles y conseguir aunar distintas tramas, sino también (y esto lo sabían muy bien Sheherezade y Cervantes), para permitir que los relatos construyan mundos complejos, habitables y reconocibles.

Aquí es donde se ubican los (grandes) alcances poéticos a los que me refería antes. Como la condenada a muerte de Las mil y una noches, aunque desde su lugar como reformador de la tradición, Bef consigue en Espiral desestabilizar la linealidad y la comodidad, desde la perspectiva del retruécano. No sólo por la conmutación a la que están obligadas las historias que se suceden (y que se simplifican siempre en un cuadro que se repite del final de una historia al principio de otra), sino porque las dispone a modo de quiasmos, o entrecruzamientos orgánicos que disponen todos los símbolos y sentimientos de una historia anterior, en la que le sigue. Las funciones sintácticas de una historia se transmiten a la otra y así sucesivamente hasta que, al final, la unidad que logran estas historias recursivas, no puede romperse porque a partir de todas se ha establecido un patrón anímico que va del reconocimiento a la sorpresa y de ahí al descubrimiento de lo universal en lo particular.

Puedo decir, finalmente, que Espiral son diez historias que son una síntesis de planos y referencias distintas (por mencionar un ejemplo: aparece Panza, de los Supersabios, en la quijotísima empresa, además, de leerse a sí mismo), que se conjugan en un solo e interminable bucle, donde Bef experimenta lo que es nuestra verdadera modernidad literaria: los recursos de la tradición desde una perspectiva novísima. En una sola frase: Espiral es una de las mejores novelas mexicanas que he leído en mucho tiempo, a pesar de que no tiene una sola palabra. Un relato riquísimo, escrito en la lengua universal del silencio.

Joserra Ortiz, Brown University