
Carrión, Jorge. Teleshakespeare. Errata naturae, 2011
Quien no ama la imagen es injusto con la verdad
-Filóstrato*
Teleshakespeare (Errata naturae, 2011), de Jorge Carrión, es un conjunto de ensayos sobre la que, indiscutiblemente, es la única literatura de gran público en el siglo XXI: las teleseries. Teleseries norteamericanas, que quede claro, de las que tienen pretensiones estéticas y argumentales más complejas que las series de toda la vida y muchas de las cuales todavía preparan nuevos capítulos y nuevas temporadas. La atención crítica a una realidad tan del presente e inacabada, podría pasar por la mayor debilidad del volumen pero, me parece, es en realidad ahí donde se encuentra su verdadera fortaleza. Pocas veces los lectores nos encontramos con reflexiones tan sólidas, razonadas y sugerentes sobre alguna producción cultural con la que coexistimos y compartimos tan inmediatamente. Por esa misma razón, el libro de Carrión es el de un verdadero humanista y, consciente de la estirpe genérica a la que se ata, obediente de Montaigne —claro, pero también de Eugenio d’Ors y de David Foster Wallace, por soltar dos nombres que descifro cuando lo leo—, antepone la razón a la opinión y la hermenéutica multitextual a aquella otra que en inglés llaman closereading.No quiere decir esto, por supuesto, que el autor desatienda los detalles y las particularidades de cada caso, pero sus lecturas específicas las describe siempre desde un amplio marco referencial en el que abundan otros registros con sus ejemplos, así como reflexiones sobre especificidades tanto narratológicas como ontológicas de nuestra época.
Aristotélicamente, y también como los “arcos dramáticos” de todas las teleseries, el libro se divide en tres partes. Las nociones medulares de Teleshakespeare se exponen en el largo “Episodio piloto”, donde se evidencian igualmente las preferencias y la muy instruida hermenéutica del autor, pero también sus limitaciones, mismas que el lector disculpa una vez que lee la “Nota final” [1]. Las ideas aquí planteadas luego se complican, enriquecen y rizomatizan en los 18 textos del apartado “Telenovelas”, cada uno referente a un caso particular y que abarca, en verdad, gran parte de lo mejor que nos ha dado la tele norteamericana en la última década. No importa si la serie en cuestión fue o es un éxito, como Breaking Bad o Six Feet Under, o si se trató de un rotundo fracaso comercial, como en el caso de Carnivale o FlashForward; lo que a Carrión le interesa es interpretar las preguntas que plantea la propia ficción, balanceándose con cuidado en las dos dudas metódicas que plantea en “Doce apuntes para un ensayo de Los Soprano como tragedia que no escribiré”: “¿hasta qué punto pueden aplicarse conceptos del pasado a lecturas del presente? ¿Dónde termina la interpretación y dónde comienza la sobreinterpretación?” (Como digo, en el “Episodio piloto” Carrión establece y conjunta los conceptos que luego permitirán sus ensayos sobre teleseries particulares. Sin vacilar, el autor arremete desde la primera línea con la elaboración de su idea clave inicial: que el relato en sí mismo antecede a su forma y a su medio y, por lo tanto, que el soporte no hace a la literatura como tal. Entendiendo que el relato no se crea ni se destruye, lo que importa es analizar sus transformaciones, entendiéndolas en su situación presente. Así, la idea tópica de que el periplo de lo literario desembocó durante el siglo XX en el cine, una tecnología que al mismo tiempo que contó historias fundó al país más poderoso de occidente, es revisada por Carrión en una clave presentista que descubre que las teleseries “son el penúltimo intento de los Estados Unidos por seguir siendo el centro de la geopolítica mundial. Como económicamente ya no es posible, los esfuerzos se canalizan hacia la dimensión militar y hacia la dimensión simbólica del imperio en decadencia” (13). Realidad palpable, la pérdida de lo magnificente “americano” y la imposibilidad del famoso American Dream y su way of life, han posibilitado a las teleseries para ser la versión norteamericana del cinema vérité. Una versión posmoderna, por supuesto, que, así lo entiendo en el libro, Carrión propone sobre todo centrada en la atención a personajes alejados casi completamente de paradigmas clásicos y, sobre todo, modernos. Personajes ‘enmascarados’, engañosos, de personalidades múltiples; de circunstancias trágicas, en el sentido completo y complejo de la palabra, signados siempre por las que parecen marcas epistemológicas del hoy: la insatisfacción, la angustia irreversible, la simulación del libre albedrío en un destino arrancado de estímulos.
Ojo: no hay moralina. Carrión ni los juzga, ni nos juzga. Examina, contrasta y entiende a los personajes en la dimensión que explica la popularidad de las teleseries. Da en el clavo lúcidamente al convenir que ellos son adictivos y comprende que esta es la única posibilidad contemporánea del culto. De lo de culto. Un culto que ya no puede establecer su mérito en la impopularidad, ni en el valor de lo propio o perteneciente a comunidades pequeñas y cerradas. Al contrario, el personaje serial es pretendidamente popular y se repite siempre, no solo tantas veces como haya nuevos episodios de la serie, sino también en sus posibilidades metatexuales e interconectadas, así como en la agencia que el espectador contemporáneo tiene para con ellos y sus historias. La clave shakesperiana, por decirlo así, del éxito teleserial está en todos esos personajes que se vuelven parte de nuestra propia vida. Están modelados a nuestra forma de leerlos, condicionados por mecanismos de brevedad, repetición y expansión como el zapping, el hipervínculo o el clip en YouTube. O quizá no es que se vuelvan parte de nuestra vida, sino que son una parte de nuestra experiencia del mundo.
La situación de estos personajes teleseriales la explicita Carrión en algunos de los ensayos sobre series específicas. En todos ellos tiene siempre presente que la naturaleza de la relación entre la ficción y lo real no es unívoca ni inamovible y que, aunque muchas veces “la Ficción va a remolque de lo Real”, en otras tantas ocurre a la inversa ya que, y esta idea me parece de las más importantes del libro, “el cine y la televisión operan una suerte de pedagogía social. Preparan al inconsciente colectivo para cambios inminentes” (21). Para muchos críticos literarios de los pasados dos siglos, esta era una característica propia de la narrativa. Incluso una obligación. No es que Carrión sea un formalista de intuiciones marxistas, pero no puede negar lo que una vez comprendido nos parece evidente. Sucede que las teleseries actuales, incluso las de ciencia ficción y tal vez no solo las contemporáneas sino las de todos los tiempos, son eminentemente realistas. Hiperrealistas, si se quiere. Sus eventos suceden, sin importar dónde, siempre aquí, y sin importar cuándo, siempre en este momento. La televisión nos representa, noche tras noche, y el Internet nos repite, cuando así lo queremos, nuestra proximidad, la inmediatez de las cosas. Ahí está, en lo que algunos necios todavía insisten erróneamente en llamar ‘cajas idiotas’, la distópica utopía de la hipermodernidad, sobrepoblada de pantallas que no nos permiten explicarnos de otro modo.
En los últimos cinco años de mi vida he convivido, sorpresivamente, con muchas personas que dicen despreciar la televisión y se jactan no solo de no verla, sino de no poseer uno de esos aparatos. Me sorprende, porque vivo rodeado de universitarios, ya sean estudiantes o profesores, dedicados a alguna de las disciplinas de las humanidades, sobre todo a la literatura y a los estudios culturales. Nunca he sabido qué tan verdaderas son esas jactancias y, sinceramente, dudo de que sean completamente ciertas. En realidad me importan poco. Me desagrada el desprecio por lo popular, por lo masificado, por la cultura producida en serie y para vender, porque supongo ese posicionamiento como una actitud agotada y estéril. Pero sobre todo, porque en la pretensión de la exclusividad de la alta cultura, tan modernamente arcaica, se enraíza una ignorancia fatal que solo empobrece la fertilidad y la renovación de nuestros artefactos culturales y artísticos, sobre todo de la literatura en todas sus formas y sus fondos. Teleshakespeare es una llamada de atención para todos esos ilusos.
Esta experiencia me permite pensar algo más a partir del libro: Hoy en día, cuando se desperdician tantas páginas y gritos en la defensa y/o el rechazo de los nuevos dispositivos para el almacenamiento y lectura de libros, quienes nos dedicamos a la literatura deberíamos mejor esforzarnos por debatir el presente y el futuro de las formas literarias, no de sus soportes. Debemos, como hace Carrión en Teleshakespeare, si no tomar partido, cuando menos entender que en la televisión se encuentra mucha de la literatura que nos influencia y que legaremos al mañana. Porque el lector se ha vuelto definitivamente, como lo llama el autor, un “telesujeto” y está eternamente activo. La hermenéutica del serieadicto, es mucho más participativa de lo que lo fue nunca cualquiera otra lectura: va del consumo a la interpretación y, tal y como ejemplifica un volumen como Teleshakespeare, termina en la producción, en la reescritura y en otras prácticas que logran lo que no fue posible antes: un nomadismo pop que solo obedece los límites de la aldea global, sin fronteras reales ni geográficas ni lingüísticas y donde “Todos somos piratas textuales que leemos, descontextualizamos, descargamos, traficamos con links y con lecturas de las obras que identificamos como pertenecientes a ese meta-género que es la teleserialidad de culto” (29).
Y es que Jorge Carrión entiende bien que la poética exitosa del teleserial se basa en la reinterpretación del concepto de saga y en la búsqueda de fidelidad lectora como hizo siempre la gran literatura moderna. Sus medios e innovaciones, aunque posmodernos como la narrativa crossmedia, no suponen la eliminación de susrasgos ásevidentemente literarios. En la tele abunda la parodia,por ejemplo y todas las formas de la reescritura. Como género es, por lo tanto, capaz de reinventarse y evolucionar. Su medio le permite hacerlo de forma acelerada y en tan solo unos años dar giros fundamentales que eviten su agotamiento. Por eso, por ejemplo, Carrión presta mucha atención al “giro manierista” que ha dado el género en la última década. Sus dos modelos clave son The Sopranos/Mad Men y Roma/Spartacus, donde los segundos no son continuaciones dramáticas de sus evidentes antecesores, sino reimaginaciones deudoras de sus tradiciones, objetos más perfectos de las primeras intuiciones y pretensiones.
No sé si es ir muy lejos pensar que ese giro manierista, hoy dado definitivamente en casos concretos, se ha anunciado siempre en la televisión en momentos clave como Bewitched/I Dream of Jeannie o Beverly Hills, 90210/Melrose Place. Quizá sí, pero esta es una de las riquezas del libro, que permite al lector ir más allá de lo comentado para reimaginar o reinterpretar su experiencia personal como televidente. Porque, según
entiendo en Teleshakespeare, la teleserialidad vive “un momento histórico de una complejidad semiótica sin precedentes, por la multiplicación de lenguajes y de vehículos de transmisión, en un nivel de simbiosis e hibridación inimaginable hace veinte años” (46). La serie televisiva es una literatura que se lee, por lo tanto, en sus frenéticas riquezas
metatextuales y referenciales. Una lectura que se posibilita siempre en la expansión multivisual y luego se replantea en su historia. La teleserie es, por lo mismo, una literatura que, como hace Carrión, debe revisarse a partir y en consecuencia de todas las literaturas que le dan forma y a las que da forma.
Algo que me llama la atención del libro es que, a pesar de la fortaleza de los Razonamientos y juicios de Jorge Carrión, suficientes para que los incrédulos comprendan la validez y necesidad de la teleserie como forma del relato, el autor se esfuerce porque dejemos de llamarlas “teleseries”. Desea que se le imponga la “seria” etiqueta de “telenovela”, como si en la nominación estuviera su prestigio. Se escuda en la validez del nombre “novela gráfica” que nomina a los cómics con “mayor ambición artística” y sabe que, por desgracia, la palabra “telenovela” tiene las connotaciones negativas del producto al que desde hace mucho hace referencia. A mí, la verdad, esta “aspiración de legitimidad” me parece inútil e innecesaria una vez que se comprende que la calidad literaria es inherente al producto. Además, siendo honestos, se ha abusado tanto del concepto de “novela gráfica” que desde hace mucho se le llama así a cualquier historieta larga, como si cualquiera de estas (pongo por caso dos de las más que lamentables y recientes Old Man Logan o Batman: Cacophony), tuvieran la calidad literaria de obras fundamentales del género como A Contract With God o Like a Velvet Glove Cast in Iron, o las que parecen favoritas personales del autor: Watchmen y The Dark Knight Returns.
Perofuera de esta pretensión que, por supuesto, a muchos de los lectores de Teleshakespeare les parecerá tan necesaria como a Carrión, no tengo casi ninguna
objeción con el libro. En general, y como ya dije, me parece un volumen muy bien pensado, razonado y sobre todo planteado. El esfuerzo interpretativo y reflexivo es notorio y cada uno de los ensayos que se dedica a una serie en particular, se preocupa por llamar la atención sobre otras series, películas, libros, cómics e inclusive eventos específicos para delimitar la lectura de un género que, Carrión lo sabe y entiende muy bien, está profundamente comunicado con demasiadas tradiciones y literaturas coetáneas, debido a su naturaleza multidimensional. Hay errores y omisiones mínimas, como en todo texto de esta especie, pero nada de esto demerita la totalidad del volumen. Un caso puntual es el de decir en repetidas ocasiones que Walter White, el personaje central de Breaking Bad, es físico cuando en realidad es químico, o el de olvidar a South Park cuando menciona la parodia animada de The Simpsons y Family Guy, o prescindir del recinto escolar como uno de los espacios más importantes de los teleseriales del cambio de siglo. Nimiedades sin importancia, obsesiones mías.
Quizá lo único que me molesta un poco más, es que la década de los noventa pase casi inadvertida o que el libro no se detiene siquiera a comentar el producto más gringo de todos: las comedias situacionales. Sé que siendo todas las series comentadas productos del nuevo siglo (la más vieja es 24), el autor no está obligado a reflexionar seriamente sobre lo que ocurrió en la década anterior. Pero si su breve y dispersa historiografía del teleserial lo conduce a pensar en Twin Peaks como el origen remoto del presente del género, o a identificar las diferencias epistemológicas entre la figura del héroe en la televisión de los ochenta y en la actual, bien hubiera valido la pena que se detuviera un momento a revisar las teleseries de finales del siglo pasado que, en definitiva, me parece, posibilitaron el fenómeno actual. No me imagino la serie Heroes, por ejemplo (y a la que dedica uno de mis ensayos favoritos del libro), sin la influencia directa del trabajo de Joss Whedon, creador de Buffy the Vampire Slayer y revitalizador del Space Opera teleseriado con su fallida Serenity. En Buffy (como luego ocurrió en Charmed y se afianzó en Smallville), estaba ya la visión poliédrica de un universo contenido pero siempre en expansión que Carrión observa en muchas series actuales, así como la centralidad del personaje adictivo que hoy ya es común.
Ya para acabar: En la “Nota final” del libro, Carrión comenta que el ensayo “The Wire: la red policrítrica” había sido previamente publicado en otro volumen de la misma editorial. Por mi conocimiento de principiante en la obra del autor, a quien descubrí apenas el año pasado en la novela Los muertos (Mondadori, 2010), ignoro si cualquier otro de los ensayos de Teleshakespeare apareció en algún otro medio antes de la publicación del libro. No me sorprendería que fuera así, porque en el libro se nota un conocimiento integral y una lectura de años y en continua construcción. Como todo ensayo que es verdaderamente eso y no teoría o crítica académica, el libro de Jorge Carrión no puede completarse ni concretarse nunca, tan solo seguir manifestándose y componiéndose en fragmentos. Intenta, discute y se queda donde le toca: el hoy más actual, con lo que hay, sin intentar mirar hacia un mañana que no podemos ni siquiera imaginar porque el presente, como todas las teleseries, nos tiene enganchados y a la expectativa, siempre en la búsqueda de un spoiler leakeadoque anuncie un poco de lo que todavía no comienza.
Joserra Ortiz, Brown University
* La máxima de Filóstrato aparece como epígrafe del capítulo “Nuevas condiciones”, de Giro Visual (Delirio, 2009), de Fernando R. de la Flor. Este es un ensayo potente y demasiado lúcido sobre la debacle de la lectoescritura en un mundo que vuelve a ser de imágenes, potenciadas por la cultura audiovisual digital. P el neófito en el tema, creo que puede complementar lecturas específicas como Teleshakespeare.
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Nota al pie.
[1] Me refiero a lo neófito y sorprendido que se muestra Carrión ante cuestiones que a cualquier televidente anterior a 2005 (año en que confiesa haber comenzado a consumir obsesivamente teleseries y su literatura). Un ejemplo entre los varios es su descubrimiento de que “En muchas ocasiones, encontramos en el título la clave interpretativa del episodio” (45), refiriéndose a que hay capítulos con clave intertextual en sus títulos. Pero esta situación es más que normal en el mundo de la televisión norteamericana, no es original ni de Lost ni de The Wire (los ejemplos que ensalza). Pienso, limitándome a tres y en orden cronológico, en The Adventures of Pete and Pete, Buffy the Vampire Slayer y Grounded for Life.
UPDATE a esta nota al pie (Sept 28): Finalmente entendí correctamente a qué se refería Carrión con esto de la clave intertextual del episodio en el título. Mi anotación pierde totalmente el sentido ahora. Una disculpa.