6 Jornadas de detectives y astronautas 2012

Este 18 de octubre arrancamos con las actividades de las Sextas Jornadas de detectives y astronautas, diseñadas para la XXII Feria Internacional del Libro de Monterrey.
Aquí el programa. Los que anden por allá, acompáñenos.

En esta ocasión repetimos nuestros dos concursos literarios. Es obligatorio que el finalista notificado se presente donde se le indique para recoger su premio, de lo contrario se le otorgará al siguiente finalista.
El 3er. Juan Hernández Luna para relato breve policiaco

… y el de twitcuentos de CF

 

 

Taller literario “Disfrutar del crimen”

Un anuncio: Los próximos 06, 07, 08, 09 y 10 de agosto impartiré en Arteria Izquierda Casa Cultural (San Luis Potosí), un taller de diez horas sobre distintas narrativas criminales. Se tratará sobre todo de interpretar los relatos delincuenciales, violentos y abyectos como hechos estéticos y leer los mecanismos de la ficción y de la representación como modelos recreativos que instalan nuevas y transgresoras moralidades.

El taller tiene un costo de $350 pesos.

Aquí el programa.

“Radiestesia”, un cuento inédito y de regalo por el Día Internacional del Libro

Hay cierta sensibilidad que compartimos los que pasamos las infantiles tardes de sábado viendo el “Cine permanencia voluntaria” de Canal 5. Este cuento es para nosotros… y para todos. Celebremos el Día internacional del libro, regalándonos cuentos.

Reseña sin spoilers de Historias del séptimo sello

Norma Yamille Cuéllar. Historias del séptimo sello. México: FETA, 2010

Leí Historias del séptimo sello (FETA, 2010) de un tirón, impaciente por terminar rápidamente con las poco más de cien páginas en las que Norma Yamille Cuéllar logra lo que pocos hacen: proponer una ficción completa, compleja y consecuente con las formas y modos de la realidad de la que se desprende. La aventura de Jasminder Chapa, protagonista de esta trepidante novela en la que el vértigo se impone por el ritmo de la sorpresa, me pareció sobre todo estridente: es deliciosamente exagerada y muy llamativa por los recursos que derrocha, entre los que destacan las formas y los modos de diversas narrativas de género, como el policiaco, la ciencia ficción, la novela de misterio, el cine de acción, el apocalíptico y el diario personal. Pero la novela es todavía más atractiva porque todas estas influencias, deudas y recursos se dan cita en una atmósfera onírica que a veces se inclina hacia el absurdo, pero que termina por establecer la posibilidad del delirio como la única representación coherente de la realidad. Continue reading

Nota sobre el Hielo Negro de BEF (en la FILMty 2011)

El próximo sábado 15 de octubre, en el marco de las 5tas Jornadas de detectives y astronautas, se presentará la novela Hielo Negro de Bernardo Fernández. Mejor conocido como BEF, Fernández es ya uno de los habituales de este encuentro entre escritores y lectores de literaturas de género mexicanas y uno de los asistentes favoritos a la Feria Internacional del Libro de Monterrey. Como en cada ocasión, las Jornadas permitirán el diálogo franco y la interacción directa entre el autor y su público.

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Escribir en los tiempos del miedo

Pongo aquí los videos de la mesa redonda “Escribir en los tiempos del miedo”, con la que inauguramos formalmente las Nuevas Jornadas de detectives y astronautas, en la XX Feria Internacional del Libro Monterrey, 2010.

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La comedia humana de la microficción. ’83 novelas’ de Alberto Chimal

Chimal, Alberto.83 novelas. Ciudad de México: 2010, 2011, @albertochimal

El náufrago metió el mensaje en la botella.

Luego no pudo sacar la mano

-Alberto Chimal, “Sorpresa

Para @hiperkarma, por enseñarme a twittear

Microficción. Minificción. Minicuento… ¿mininovela? Esta es la pregunta que me parece adecuada apenas tomo 83 novelas, el reciente libro de Alberto Chimal que, además de conseguirse impreso, puede descargarse gratuitamente de su famosa página de Internet. El volumen se compone, efectivamente, de 83 narraciones que el autor califica de novelas en un prólogo que las antecede y que funciona como instructivo para escépticos: “Cosas más feas y farragosas, de menos corazón y peor cabeza, se venden como novelas y usted va y las compra” (Chimal 7). Sentencias como la apenas citada, se conjuntan en “Inicial”, para abrir esta colección dividida temáticamente en cinco grupos que en realidad son tres: 1) “Muchedumbre”, el gran cuerpo de relatos (69 del total, si no conté mal), interrumpido dos veces; primero por 2) “Libros”, y después por 3) “Aventuras”. En estas dos series temáticas, por si fuera poco, se amplifican las posibilidades de 83 novelas, pues además de completar ese número de relatos, entregan también una biblioteca riquísima de imágenes en la serie de “Libros”, diferenciados según los cuatro elementos clásicos (y, por lo tanto, echo en falta los libros de éter); así como el deleite que causa la saga como género y su natural tendencia a la amplificación, en la de “Aventuras” que es, por cierto, mi parte favorita del libro: en un abuso igualmente delicado y extremado del motivo, la voz narrativa se convierte en el cuerpo y la geografía de la hazaña palimpséstica. Descripción: http://blog.joserraortiz.com/wp-includes/js/tinymce/plugins/wordpress/img/trans.gif

Como decía, según indica el autor, y con toda verdad, la totalidad de estas novelas son eso, a pesar de su brevedad. Como advertencia, Chimal nos invita al acto revolucionario de prescindir de ideas preconcebidas sobre el género, para disfrutar de la lectura apelando al funcionamiento de estas historias en el amplísimo mundo de la imaginación. Lo hace a sabiendas de que la brevedad no demerita nada cuando “Más de cuatro novelistas convencionales se beneficiarían de tirar a la basura, todas juntas, nueve de sus once novelas de 748 páginas” (6). Las tres breves páginas de “Inicial”, me parece, funcionan como un manifiesto o, cuando menos, como una teoría adecuada, en su forma y sus palabras, para con el fenómeno en que ha devenido la literatura breve gracias a Internet: su masificación (en la que incluso hay participantes sin intenciones literarias o autorales), de la que, por cierto, Chimal participa con fuerza y convicción, ampliando sus límites digitales a convocatorias masivas, ya sea de concursos o incluso participando en ciclos sobre el tema. Incompletas todavía, por supuesto, debido a la inmediatez del fenómeno, pero fructíferas en cuanto a que como teoría o metodología receptiva, las instrucciones de Alberto Chimal posibilitan la reflexión en aquellos que no estén muy al tanto o al pendiente de esta realidad que vivimos actualmente (Cf. Perucho, “Poéticas). Si presto tanta atención a este preámbulo de la verdadera delicia que son las 83 novelas, es porque en mi corta experiencia con la microficción hipermoderna –la facilitada, posibilitada y enriquecida con la popularidad del Twitter y medios afines–, me ha parecido la hermenéutica precisa y concisa que necesitaba para arrojarme sin dudas a leer tantas maravillosas historias juntas. Es decir que las leo con un ánimo de época ya totalmente opuesto al mandato de la longitud exagerada que dictó la Modernidad y que puede representarse con esa sola línea, una de muchas, enviada de Marx a Engels (padres de lo gigantesco, de la narrativa hipertiroidal): “Lamento escribirte una carta tan larga, pero no tengo tiempo de hacerla más corta” (cit. Vg. aquí).

Me imagino que el autor no tiene o no tenía intenciones de que la presentación de su libro se ampliara más allá de sí misma, razón por la cual lo que apenas acabo de anotar está de más o sobresignifica al volumen. Sin embargo, apelo a su propia naturaleza, su origen en la ruidosa comunidad cibernáutica, para extender las tres preguntas que delimitan y significan la figuración de estos relatos como novelas, a una consideración ontológica que pueda abanderar a todos los que, con mayor o menor fortuna, intentan la literatura en la brevedad de la red: “¿No dice usted que las novelas revelan el carácter de quien las escribe? ¿Que se refieren a su tiempo? ¿Qué se dejan leer fácilmente?” (6). ¿A quién pregunta Chimal? Supongo que a la tradición, sin apuntar más nombres. Pero esta tradición es fuerte, férrea, pretendidamente inamovible y se sostiene en pilares tan firmes como arcaicos (igual que todas las ruinas de las tradiciones milenarias): en títulos fundamentales como la Teoría de la novela, de Georg Lukács, o El grado cero de la escritura, de Roland Barthes. Por solo atenerme a estos dos ejemplos antiguos, recuerdo que Lukács entiende que la novela es prolongada en la letra, porque comparte su naturaleza con la épica y resulta de una inconformidad dialéctica que se resuelve en la explicación del mundo. Barthes, muy en colindancia, la considera el género burgués por excelencia, además de entenderla como hermanada con la historia, en donde se extiende linealmente un mundo complejo y curvo.

Pero si de algo me sirve recordar a Barthes, es para aludir a que su propia visión de la novelística da pie a entender la naturaleza mutante del género. Gracias al estructuralista francés, los lectores entendemos sin mayor dilación que la novela propone sus formas de acuerdo a su tiempo y su circunstancias ya que es “la construcción de un universo autárquico, que fabrica sus dimensiones y sus límites ordenando su Tiempo, su Espacio, su población, su colección de objetos y sus mitos” (Barthes s/n). Si la actualidad abreva sus límites de acuerdo a las posibilidades de sus mecanismos de difusión, es posible aceptar que una novela pueda escribirse quizá no con la prontitud, pero sí con la concisión que se nos exige o nos exigimos. Por lo tanto, aunque no sé si ya hemos llegado definitivamente al momento anunciado por Lauro Zavala (2001), cuando declaraba que la minificción sería la escritura de este milenio, pienso ya en 83 novelas de Chimal como un ejemplo fundamental en todas las discusiones que sucedan desde ahora sobre la vitalidad o viabilidad literaria de la “fragmentariedad paratáctica de la escritura hipertextual, propia de los medios electrónicos” (Zavala s/n).

Llegado este punto, debo hacer pública mi situación como reciente advenedizo en esta fascinación por la microficción en Internet. Como a todo el mundo –porque la humanidad nunca ha tenido ni el tiempo ni la paciencia de leer solo poemas del Cid o repeticiones de En busca del tiempo perdido–, siempre me han gustado las formas breves, en particular las líricas, desde la jarcha hasta el poemínimo. Por escéptico, suelo desconfiar del aforismo y de la máxima, porque muchas veces me parecen de un oportunismo socarrón (suelen ser así los que se las dan de sabios o intelectuales, y los malos escritores), pero nunca de las otras formas de la paremia, las populares: tanto el proverbio, como el refrán o el adagio (e incluso el llamado “wellerismo”), cifran en su brevedad estructuras de conocimiento amplísimas y complejas; son verdaderos resúmenes de la experiencia milenaria tradicional. Pensando en esto, ¿quién puede negar que lo corto es complejo; que es posible hacer cuentos o novelas con pocas palabras? Por si quedan dudas, los hijos del idioma español llevamos en nuestro mapa genético la marca de la sabiduría breve siempre contrapunteando o, mejor dicho, sincopando la suntuosidad de la hazaña literaria de largo aliento: a cada cabalgata de don Quijote desfaciendo entuertos por páginas y páginas, Sancho Panza anotaba, no al margen sino al centro de la aventura, un dicho, una brevería tan literaria como los hechos de su patrón. Quiero decir que, con esta conducta ejemplar de caballero y escudero, entiendo que lo breve y lo largo no se oponen, sino que se acompañan, y que dudo que la popularidad de una forma elimine la posibilidad de la otra.

Dicho esto, a veces todavía pongo en tela de juicio la existencia real de eso que ahora llaman “Twitteratura”, porque es la primera vez que escucho que a un género, estilo o movimiento literario se le nomine por su medio (“plataforma”, dirán otros), y no por sus características o sus cualidades. Sin embargo, entiendo que el término, al referirse al espacio de producción de sus textos, permite pensar que ahí cabe todo, desde la poesía hasta la sentencia filosófica, desde la noticia hasta la crónica y, por supuesto, desde el cuento hasta la novela. Que lo más seguro es que no tenga que ver con cuestiones genéricas ni mucho menos temáticas, sino con la posibilidad de explotación de la imaginación y las ideas y su publicación interactiva. En este sentido, el fenómeno cabe perfectamente dentro de los límites de los “modelos hipermedia” de lo que en este siglo hemos llamado el “relato digital”. Como recién llegado a este terreno, dejo por ahora las discusiones y las definiciones a otros, y tan solo me detengo a confirmar su posibilidad y a recordar su novedad. Nuevo el medio, que quede claro, y no la forma ni el método. Porque haya o no nacido desde el Twitter, 83 novelas pertenece a una estirpe verificable y nada deleznable. Cada una de estas novelas de Chimal, junto a todas las que decidió no incluir y las que escribe casi diariamente junto a cientos o miles de twitteros, participa de una tradición que sí, nace del divertimento (como casi toda literatura), pero que pronto se complica en sus necesidades estéticas específicas, como el ingenio, la reconocibilidad, la identidad autoral o la comunicación efectiva del mensaje a pesar de la brevedad y lo sucinto del contexto. Así, en los mejores casos, la microficción, escríbase donde se escriba, termina convirtiéndose en la epígrafe del universo amplio y complejo del que proviene: las lecturas del autor, la tradición de los temas elegidos o el género literario del que determinada microficción participa.

Las tradiciones de las que se alimenta 83 novelas son tan extensas como concisas sus palabras, y el abanico de géneros y temas es tan amplio como el número de narraciones coleccionadas en el libro. Hay mucho buen humor también y, sobre todo, un afortunadísimo manejo del lenguaje con el que Chimal demuestra que la materia prima de sus novelas siguen siendo las palabras, pues en ellas se construyen todos inmensos. Todo esto lo escribo recordando una de las novelas que más me impresionaron, Todo saldrá bien, ciencia ficción clásica, escrita con la receta ancestral del buen relato (¿Cortázar era quien pedía un knock out? ¿Hemingway? ¿Esta idea es una impostura académica?), y que deja una sonrisa amable al llegar al punto final: “El doctor tomó con una mano el bisturí, con otra las pinzas y con la tercera la máscara de la anestesia” (Chimal 36). Como se lee, la apuesta del autor por el mínimo escritural posible no significa, por lo tanto, una decisión de simplonería o facilismo. Antes bien, cada una de las novelas sobrepasa al mero ejercicio literario, y se entrega como una obra acabada y completa; algunas incluso presentan tesis que hacen de las anécdotas contadas oportunas reflexiones sobre fundamentos o reflexiones de la cultura humana. Cuando digo esto pienso, por ejemplo, en Asientos contiguos, donde el motivo de la búsqueda del amor se determina como causa del desconocimiento de uno mismo –y de uno mismo en el otro—, y que además nos lleva de nuevo hasta “El banquete” de Platón. O en La cita 1, novela en que Chimal hermana dos tradiciones cosmogónicas fundamentales, la hebrea y la clásica griega, para refundarlas en un monomito fundacional de viajes, encuentros y amor casi secreto donde se inaugura la historia.

En fin, no sabría decir si la narratividad es una condición que nació prolongada, o si su verdadero génesis es la cortedad y la prontitud. El cine nació breve y después se hizo largo (como la historieta, que de la viñeta se volvió novelón gráfico), por ejemplo. Al contrario, la poesía épica se inició en recuentos larguísimos, que el tiempo fue abrevando, cortando y distribuyendo hasta formar colecciones de cortedades como el romancero castellano. Sea como fuere, para muchos es difícil imaginar que el relato no sea inmenso, porque culturalmente tenemos grabada la imagen de Ulises contando a Penélope una historia que dura muchas noches y demasiadas jornadas marítimas. La cuestión está en entender –y he aquí el regalo que nos hace Chimal al hacer un libro con sus microficciones que ya andaban flotando en el mar binario–, que esa inmensidad no pertenece propiamente a las palabras y a su disposición para encriptar historias; al contrario, la vastedad narrativa es una cualidad de la imaginación, que es el verdadero reino donde existen los relatos.

En uno de los prólogos a la antología Mutantes. Narrativa española de última generación (2007; la edición es conjunta con Juan Francisco Ferré), el profesor Julio Ortega, dice que se dice que el primer cuento escrito se encuentra en una tablilla egipcia (o mesopotámica, no lo recuerdo bien), donde se leía “José se fue de viaje”. Esa es una historia compleja y muy vasta; es el relato de toda una aventura de un hombre que se aleja de los suyos para buscar o hacer algo lejos de todos, bajo sus propias condiciones. Es un cuento de final abierto, donde nadie sabe nunca si José regresó con los suyos o murió al concluir su hazaña fabulosa. Pero probablemente, este viaje de este José no sea el primer cuento de la historia, sino la primera novela. Porque como ocurre desde los lejanos tiempos en que se germinó la novelística moderna, es un suceso épico ocurrido a un personaje que desafía al mundo. La aventura de un hombre contra la realidad. La novela es eso: la hazaña de volverse eterno en el coto cerrado de las palabras, sin importar cuántas sean estas. La posibilidad de hacerse recurrente en el mundo. La eterna paráfrasis: “Todos los sueños se tocan en un mismo punto”—escribe Alberto Chimal en su novela X—“Casi nadie lo nota. El punto vibra. Le sale una voz. La voz dice: «Todos los sueños…»”.

Joserra Ortiz, Brown University

La confesión (de un sicario) como género literario

Reyna, Juan CarlosConfesión de un sicario. El testimonio de Drago, lugarteniente de un cártel mexicano. Prólogo de Roberto Zamarripa. México: Grijalbo, 2011

 

Uno de los efectos más evidentes que ha tenido la ya inevitable permanencia del narcotráfico y su violencia, es una especie de re-educación sentimental y ética entre los mexicanos. Más allá del miedo, la paranoia y la desconfianza con que se mueve la mayoría de la gente, la sociedad participa de un nuevo discurso moral que reafirma dicotomías premodernas y absolutistas, como la diferencia entre “los buenos” y “los malos” (“malitos”, les dicen en Monterrey), y propone soluciones condicionadas por las mismas causas de su conflicto moral: la violencia y el terror. Conducta peligrosa y denigrante, sin duda alguna, y que, lamentablemente, ninguna instancia ha intentado siquiera contener o evitar. Como cambio epistemológico, además, esta situación ha convenido en una nueva estética signada en la visibilidad de la agresión y en la que todos sus objetos comunes, a pesar de que horroricen, han dejado de ser extraños: cabezas y cuerpos descuartizados a la vera del camino o en las aceras de plazas comerciales, mantas amenazadoras, policías y militares encapuchados transitando las calles con el ojo en la mirilla del fusil… y todo lo demás. Bajo esta estética todos somos el enemigo, todos estamos predeterminados a ser víctimas, todos somos la posibilidad del terror. La inevitabilidad de que eso sea México ha provocado, no voy a negarlo, respuestas ciudadanas que intentan la contenencia del fenómeno y la recuperación del respeto al derecho a la vida de cualquiera, como la campaña “No más sangre” que se mueve por las redes sociales. Pero la condena al fracaso de esta campaña (que me gusta y que no creo para nada oportunista, como otros), radica en que no se incluye dentro del fenómeno que, como ya dije, ha restructurado al país. Expone un principio que no le es intrínseco a esta sensibilidad ética, moral y estética de la violencia. Propone la vida donde ésta no importa. La ofrece, a lo mucho, como un valor a recuperar; es decir, como previo a los del presente y no como una posibilidad para el futuro.

La literatura sobre el narcotráfico, que desde hace ya tiempo se entiende como una división con características propias dentro de la amplia literatura negra o policiaca, ha sido muy congruente con esta epistemología. Se encarga del horror en el horror y no desestima las particularidades de la violencia en aras de moralinas inconsecuentes. Como lectores, a través de ella, asistimos no a la contingencia de nuestro presente, sino a la representación de nuestra fábula vivencial sin caer en ánimos celebratorios de otros registros sobre el tema, como los narcocorridos. En cierto sentido, la novela del narco se intenta desde la máxima del espejo en el camino de Stendhal, aunque en algunos casos, los mejores, algunos autores se proponen sus espejos más bien desde la situación valle-inclanesca. Pienso sobre todo en Hilario Peña cuando digo esto, pero también, aunque en menor medida, en Joaquín Guerrero Casasola e, inclusive, en la primera novela de Bernardo Fernández BefTiempo de alacranes. Ejemplos hay suficientes, pero ese no es el punto.

Todo esto viene a colación porque leí una novela del narco que no es propiamente una novela, aunque sí trata del tema del narcotráfico: Confesión de un sicario (Grijalbo, 2011), de Juan Carlos Reyna. A su publicación le preceden un documental en el que trabajó el propio autor  y, circunstancialmente, otro documental: El sicario (Room 164), de Gianfranco Rosi. Trata, como es obvio, de la vida de un asesino a sueldo dentro de un cártel mexicano y sorprende porque, como indica su título, es un caso real. No quiero aludir a la muy manida idea de que la realidad puede resultar más chocante que la ficción o que la puede superar. Eso es obvio y bastante común, aunque le cueste trabajo entenderlo a los no lectores. Sin embargo, no pude evitar pensarlo mientras me devoré las hasta eso escasas 186 páginas del libro. Podría decir, a lo mucho y suficientemente, que en el caso del libro de Reyna, la ficción supera el registro de la realidad en cuanto a que sus herramientas provocan una narrativa más dinámica, entretenida y suspendida por sus artificios provenientes de la tradición novelística. Quiero decir que, en comparación con todos los libros de corte periodístico sobre este tema que hoy abundan en nuestras librerías, el relato de la vida criminal de Drago funciona como una obra literaria de calidad más que aceptable dentro de los géneros en los que podríamos ubicarla: la confesión y el policiaco.

En Confesión de un sicario no obtenemos una pormenorización de fechas, nombres, cronologías y genealogías del narco mexicano. Al contrario, por seguridad del que se confiesa, la información se refugia en el anonimato y en la imprecisión, proponiendo una atmósfera que simula la de la ficción que trata al tema del crimen organizado. Aunque en su lectura no nos adentramos al análisis preciso del funcionamiento de las estructuras y culturas del narco, el libro resulta por demás esclarecedor de la vida y costumbres del fenómeno como una totalidad. Por eso, y esto me parece por demás efectivo, no se nos ofrecen juicios morales ni condenatorios. Simplemente se nos relata, de primera mano, la anécdota de un asesino a sueldo caído en la desgracia por circunstancias ajenas a su desempeño profesional y su subsiguiente huida, su persecución, su captura y su inclusión en el Programa de Testigos Colaboradores, del que también es expulsado para comenzar otra huida. Una en la que todavía se encuentra, según suponemos los lectores.

Esta confesión es, en todo sentido, la narración de una vida en la periferia de nuestra (hipócrita) sociedad que se circunscribe a todos los niveles y espacios de nuestra cultura. Inteligentemente, Reyna sitúa el contrapunto de la azarosa carrera delictiva de Drago (una intriga menor, en todo caso), en relación con las anécdotas de sus superiores y las decisiones que tomaron para cambiar al país. Con este artilugio, el autor consigue retratar un espectro muy extenso: desde el anecdotario de un soldado del cártel, se revela efectivamente la complejísima telaraña que sostiene al crimen organizado en México. Su interdependencia con los órdenes político, económico, social y hasta de entretenimiento que tanto se nos repite, en el libro funciona como el hilo conductor de una historia que sobrepasa los límites de las páginas, que desborda al recuento informativo, y se inserta en nuestra habitualidad. Una habitualidad, por cierto, que se descubre como una caricatura espantosa, un esperpento viciado por los excesos de una mitificación que aquí se desnuda gracias a la narración en primera persona.

Porque lo que no hace Reyna es retratar a Drago en comparación con nosotros los que no somos sicarios. Simplemente guía la voz del criminal para presentárnoslo como lo que es: un homicida, un asesino a sangre fría, pero sobre todo como un hombre con una moral construida con las herramientas estéticas y discursos éticos del crimen; un individuo para quien existe lo correcto y lo incorrecto dentro del universo del que él es referencia y que, por lo tanto, entiende la diferencia entre matar y… matar, porque lo único que sabe hacer en su vida es matar. Resulta interesante asistir a estas reflexiones del sicario, en las que su limitada experiencia del mundo (todas nuestras experiencias son limitadas por individuales), le permite erigir una ética basada en valores universales, como la lealtad, la obediencia y la diferencia entre lo éticamente positivo y lo éticamente negativo, aunque todos signados por las circunstancias en las que le toco habitar en el mundo. Pero también, porque su relato le permite construirse o, mejor dicho, reconstruirse y salvarse simbólicamente, sus reflexiones y su anecdotario tienen un filón literario que permite la especulación en su lectura. Por ejemplo, en contraposición al resto de personajes que deambulan por su confesión, Drago eligió para él un seudónimo que le permite resarcirse: el dragón que, según él, en una leyenda baja al infierno para morir y resucitar. Su conciencia de autor, por decirlo de algún modo, no le permite tener los mismos miramientos para con sus compinches y enemigos, quienes son degradados figurativamente por el narrador con nombres como Elefante, Tiburón, Cocodrilo, Licenciado Ballena o Alacrán, animalizaciones que apuntan a una conciencia de superioridad de quien ve en la palabra una forma de emancipación, refugio y poder.

Las palabras, ¡qué contingente de salvamento para la conciencia! Ignoro si el lenguaje de Drago es exactamente o muy parecido al que nos ofrece Reyna. También ignoro si la articulación y estructura del relato le pertenecen exclusivamente al autor (aunque eso indica no muy veladamente), pero la concatenación de las ideas y la dosificación de la trama ayudan, y mucho, para evitar el letargo. La prosa ágil de Reyna, que propone sus propios límites, echa al lector de lleno y con ansias a la historia del sicario. La narración de Drago no es lineal, está llena de prolepsis y analepsis que obligan a la trama a una redundancia esclarecedora. Este manejo de la información ayuda a crear un ambiente opresivo para el narrador-confeso, en el que se disemina la información a favor de un suspense que escala en la artificiosa dispersión de la información, más que por el mismo horror de lo que nos va contando. A la manera de la novela picaresca (y no olvidemos que el término hermano “sicaresca” ya ha sido acuñado con éxito, sobre todo a partir de La virgen de los sicarios), el lector entiende desde el principio que la historia de Drago es un escape en el que busca siempre algo mejor y termina peor que en el principio. Una cadena de traiciones de la que no sale bien parado y nos recuerda las mismas andanzas del Lazarillo de Tormes, siempre de peor en peor, condenado al fracaso continuo en manos de quienes se suponían podrían ayudarlo o salvarlo. En este nivel también cabe advertir lo atinado que resultan los intertextos en el libro. Aparecen dos o tres sueños y el relato de dos películas desde donde Drago se apoya para explicarse. Estos pequeños relatos convocados simbólicamente, interrumpen la narración precisamente para volverla a colocar en relación con el mundo, para que no escape del marco referencial absoluto: el mundo, la sociedad, el país.

De estas interrupciones me llamaron sobre todo la atención el sueño que tiene el sicario en el segundo hotel donde se hospeda, una vez que ha iniciado su escapatoria, así como su relación de la película animada El expreso polar. Ese sueño, como todos los pasajes oníricos de la literatura, está abigarrado de signos y símbolos que explican las causas y las acciones cometidas o por cometer. Parece como si el sicario quisiera comprender por medio de la ensoñación que en el fondo es un ser inmaduro y temeroso, a merced de la vida que se avejenta sin dejarlo escapar de su viacrucis (su pesadilla sucede en Semana Santa). Estas son consideraciones a las que luego vuelve en su relato, cuando comenta los traumas de su infancia, por ejemplo, o describe los pormenores de la vida y la muerte de un sicario. Lo de El expreso polar resulta hasta conmovedor, por su parte. Drago asiste a la película en la segunda parte de su vida, cuando ya es testigo protegido y parece que está por conseguir una vida más o menos normal en algún momento próximo. De la cinta solo le queda claro que un niño sin nada obtiene un cascabel que trata como su más grande tesoro, pero luego lo pierde. Al volver a su casa, sin embargo, el cascabel está ahí: es su premio y su felicidad. Cuando el sicario lo relata parece que hace un símil, incluso bastante burdo y evidente, con su propia vida. Pero esa ilusión se le esfuma cuando descubre que, además de su pareja, una prostituta uruguaya, en la sala lo acompañan los policías que tiene como guardia permanente: su expreso que no va a ninguna parte. Como final de su fábula, cuando el sicario vuelve un día a su casa ya no tenía lo que había conseguido, su cascabel dorado: una familia, bastante disfuncional por supuesto, pero propia y la primera de su vida.

Esta clase de consideraciones dejan claro que el libro de Reyna es más literatura que otra cosa, que está mucho más cerca de la novela que del periodismo de investigación. Y me parece muy bien. Sobre todo porque el tono de confesión lo incluye en un espectro amplísimo, en una tradición riquísima que suelo leer desde la perspectiva de La confesión: género literario (1943:1965), libro fundamental de María Zambrano. A través del trabajo de la filósofa española, podemos entender a la confesión como una forma escritural rebelde que no se ata completamente ni a la filosofía, ni a la literatura, sino que va a caballo entre ellas. Es un género único que las hermana y que conviene en lo mejor de ambas elaboraciones intelectuales. Pero, sobre todo, y esto me parece lo más importante para leer el libro de Reyna, Zambrano establece que la confesión es el género de la crisis de la verdad. Cuando la filosofía ya no puede explicar más la vida y la experiencia, y la novela no es suficiente para enmendar  las extrañezas vivenciales por medio de la imaginación, la confesión aparece para aplacar ese conflicto. Sobre todo porque la confesión funciona a partir de una duración real y no de una suposición o la pretensión de un tiempo imaginado, y en ella el sujeto confeso se posiciona en una absoluta aceptación de la experiencia real y se advierte en sus circunstancias. La confesión utiliza la memoria, no las suposiciones, y la lleva acabo no para conseguir una verdad, sino para relatarla. El lector queda en el papel del confesor, el receptor de las culpas, si se quiere, pero con la consciencia de que el conocimiento adquirido le ayudará a entender el funcionamiento de la crisis para poder pensar o imaginar de nuevo. Pero sobre todo, y con esto termino, como sucede a partir de la lectura de Confesión de un sicario, la confesión  nos obliga más que ningún otro género a re-pensarnos y a acusarnos igualmente: “porque la confesión, al ser leída, obliga al lector a verificarla, le obliga a leer dentro de sí mismo […] La confesión literariamente tiene pocas exigencias, pero sí tiene ésta de la que no sabríamos encontrar su receta y es: ser ejecutiva, llevarnos a hacer la misma acción que ha hecho el que se confiesa: ponernos como a él a la luz” (Zambrano 45) [1].

Joserra Ortiz, Brown University

[1] Zambrano, María. La confesión: género literario. 3ra. Edición. Madrid: Siruela, 2004

“Cien piedras ordenadas…”: Notas sobre Alba Cromm de Vicente Luis Mora

 


La portada (horrible): lo bueno es que los libros no valen por sus cubiertas.

Vicente Luis Mora. Alba Cromm. Seix Barral: Barcelona, España, 2010

 

Mi primera lectura de Alba Cromm coincidió, felizmente, con el verano pasado de innegable buen clima y una cafetería con terraza donde se me permitía acompañar mi café con cigarro. Es decir, pura diversión. Hace unos días volví a la novela, porque siempre es bueno regresar a las lecturas gustadas y confirmé, por si me quedaba alguna duda, que no me equivoqué cuando la elegí como uno de mis libros predilectos de 2010. Esta novela de Vicente Luis Mora es, como se dice, valiosa y de primer nivel porque, sobre todo, permite el disfrute y el entretenimiento inteligente (cualidades cada vez más venidas a menos en las narrativas de género); pero además, y sobre todo, porque garantiza que la novedad todavía es posible en la narrativa, aunque para ello deba prescindirse (aparentemente) de los recursos más habituales o tradicionales de la misma. Quienes últimamente hayan seguido discusiones más o menos eruditas sobre el fin de la novela (o la inexistencia de una novela actual en nuestra lengua), o quienes estén dubitativos sobre las posibilidades de una novelística de siglo XXI en español, podrán respirar tranquilos una vez que lean la aventura de la subcomisaria Alba Cromm, implacable y guapísima protagonista de la cacería contra pedófilo hacker conocido como “Nemo”.Descripción: http://blog.joserraortiz.com/wp-includes/js/tinymce/plugins/wordpress/img/trans.gif

Categorizar a Alba Cromm como una novela policiaca o detectivesca quizá sea demasiado sencillo. No deja de ser cierto, pero igual colinda con otros géneros literarios, como la ciencia ficción e inclusive la literatura intimista, la psicológica y otra más: la literatura de Internet; pero, más allá de los registros de la ficción, la estructura y la función de esta novela se apropia de otras formas de escritura, en especial del periodismo de investigación y, ya en un plano de actualidad brutal, las formas en que nos hemos ido escribiendo digitalmente, como blogs y chats públicos y privados. No es esta la primera novela que leo en español donde se utilicen estas formas internáuticas para contar una anécdota (por poner un ejemplo, recuerdo la prescindible Cuaderno de flores, de Luis Felipe Lomelí), pero sí es la primera donde las veo como formas integradoras e integrantes de la novela. Son parte fundamental del universo creado por Mora y permiten el funcionamiento de la obra, de una manera muy particular: condicionan la lectura de la historia al modo en que leemos en la red, por medio de momentos breves e interrumpidos como sucede con nuestra lectura por ventanas e hipervínculos. Aprehender así una totalidad es imposible, pero no es eso ni lo que quiere el autor ni lo que queremos los lectores modernos: en colindancia con el libro, nuestro presente es una historia narrada en millones de imágenes, en breves segundos narrativos que completan una realidad por medio de los más diversos puntos de vista.

En eso radica también una de las cualidades que más me han gustado de Alba Cromm: su polifonía que no es un coro de voces sino de manos; las distintas opiniones sobre las que se construye la novela son en casi todos los casos atendidas como fenómenos de escritura, casi nunca de habla. Hay así muchas Albas que dibujan la complejidad de un solo personaje; la Alba que escribe un blog público y la que lleva un diario, así como la que finge ser una niña a disposición de Nemo en un chat, y la Alba Cromm que sí habla y se entrevista pero cuya expresividad es imitada, después, por otra escritura que la recuerda o la transcribe. Me gusta mucho eso de que los personajes sean en realidad transcripciones de ellos mismos, porque nos señala una verdad innegable de la contemporaneidad: en el mundo digital no nos escuchamos sino que nos leemos; dentro y fuera de la computadora habitamos el silencio y quizá sea por eso que nos hemos vuelto tan desinhibidos, porque con el silencio ganamos la posibilidad del anonimato: este es uno de los temas que subyace a la aparente simplicidad de esta novela, la complejidad de ser individuos  cuando socialmente nos hemos decidido por el multifacetismo posibilitado en el mundo digital.

O quizá no, quizá ese tema me lo he inventado o se me ha ocurrido mientras releía atentamente la novela. De ser así, es de aplaudir que Alba Cromm ofrezca esas posibilidades de razonamiento, porque sólo las buenas novelas consiguen que uno se siente cinco minutos (o una vida, hay casos) a pensar. Y la novela de Mora consigue que el lector piense mucho, no únicamente sobre las posibilidades de evolución de la novela como registro (ya he dicho que es innovadora, aunque, tal vez, como opina Ramón Buenaventura, no revolucionaria), o de cómo podemos contarnos nuestro presente (no importa que la historia suceda a unos años de aquí, en un futuro muy próximo). También sobre cosas que entendemos y nos preocupan sobre nuestro devenir en sociedad (temas siempre de actualidad, como la pederastia o la disfuncionalidad afectiva), y, de especial interés para mí, la (im)posibilidad del heroísmo. Porque, a final de cuentas, Alba Cromm es una novela sobre una heroína que lucha por ser, sonará redundante pero no lo es, heroica.

-¿Hay posibilidad para los héroes en el siglo XXI?

-Vaya preguntita.

Creo que es de Bertolt Brecht la frase de que maldita es la sociedad que nos exige ser héroes. O algo así. La idea, y la suscribo, es que a pesar de que nos gusten mucho, los héroes no deberían existir porque, idealmente, lo que no debería existir son las causas que llaman al heroísmo. El comportamiento heroico sucede en condiciones de injusticia y, siguiendo el ejemplo de Prometeo (el non plus ultra del heroísmo, si me lo preguntan), sólo sucede en cuanto que es un sacrificio que se paga caro. La cruzada de la subcomandante Alba Cromm, personalísima, es prometeica en el sentido de que se encamina a ese sacrificio final del que no forzosamente saldrá bien librada; pero en su determinación por llegar a ese momento apoteósico que validará todos sus esfuerzos, también va dejando pedazos de sí misma en otros muchos sacrificios pequeños que la definen como heroína. En ese sentido, el mundo al que desea salvar Cromm es cruel, muy cruel con ella, sobre todo porque siendo habitante de nuestro siglo le ha arrancado toda su intimidad, la ha expuesto a nuestro total escrutinio: la ha convertido en el personaje central de una revista donde se nos revela, más allá de su determinación por la justicia, que es un ser humano incompleto, traumatizado, incapaz de muchas cosas.

Sí, descubrimos con beneplácito morboso que Alba Cromm no es tanto una heroína, sino una persona como todos nosotros, pero diferente porque se convirtió en un personaje público. Está ahí, a nuestra disposición para que nos enteremos que por más que aparente ser fuerte y segura de sí misma, tiene un montón de defectos sobre los que podemos hincar el diente. Los ficticios editores de la revista Upman, donde se publica el amplio reportaje que es la novela, fingen no querer ceder ante la cultura del chisme rosa (del cotilleo, dirían en España), y estar sólo preocupados por exponer el caso de la cacería de Nemo el hacker; pero no lo hacen. Se meten con la vida privada de Cromm, exponiendo incluso sus secretos más íntimos, contados por la psicóloga Elena Cortés, o representados en las notas de Ezequiel Martínez. Estamos acostumbrados a ello, no nos sorprende que a una subcomandante de la policía se le exponga como si fuera Belén Esteban.

No quiero, como siempre, revelar mucho del contenido de la novela, porque en este blog lo que me interesa es invitar a la lectura; así que no diré más al respecto de la trama. Quien la lea descubrirá, como dije, que Alba Cromm es sumamente divertida, maneja increíblemente bien el suspense y escudriña temas complicados sin vehemencia, antes bien con calma, acentuando la atención a las características propias de nuestro tiempo, a partir de sus recursos narrativos más habituales. Los blogs son como son los blogs: fragmentos del súper ego en conflicto; los chats, son cuartos oscuros donde la palabra construye personalidades complicadas pero discernibles. La revista es una revista, tiene su publicidad y algunas secciones que desvían la atención del tema central; como en la cultura digital, las interrupciones no intentan crear efectos como el de las cajas chinas (historias dentro de historias que prolongan la historia original), sino que interrumpen, recordándonos que nuestra atención está condicionada al intervalo.

No me entusiasma que el futuro de la novela de género sea éste, sino que sea su presente. Vicente Luis Mora ha evolucionado una forma modélica y le ha propuesto una nueva posibilidad. Como libro, por supuesto, tiene sus limitaciones: no podemos todavía pinchar las ligas al YouTube para ver los videos, y nos conformamos con leerlos. Pero no falta mucho, espero, para poder lograrlo. Ya bastante adecuado resulta, por ahora, que la experiencia de la novela se extienda a la red y podamos buscar y leer ahí los blogs que son transcritos al papel. Estas son algunas de las razones por las que, ante Alba Cromm, mucha literatura nueva parece vieja (porque lo es). Que esos otros libros palidezcan ante una novela que nos saca, para siempre, del sigloveintismo y sus prolongaciones decimonónicas.

Joserra Ortiz, Brown Univesity

PD (triste). Es difícil conseguir la novela fuera de España. Puede siempre intentarse la compra por Internet , o esperar a que la editorial la traiga a nuestro lado del mundo (yo la encargué a una amiga que estuvo el verano pasado en Madrid). Los lectores norteamericanos quizá tengan suerte intentando en Amazon.com; no la he encontrado en Mercado libre .

Por única vez: “Elija usted su epígrafe (de Alba Cromm)”

  1. No hay libro perfecto […]. No conozco, por desgracia, las cualidades que hacen a un libro perfecto […]; pero sé que no puede estar escrito por un solo hombre (89).
  2. “Tres piedras ordenadas, en cualquier orden que podamos pensar, forman un enigma. Cien piedras ordenadas, en cualquier disposición imaginable, son un camino que conduce a una historia” (128).
  3. “En Internet siempre es de noche” (144).
  4. “Somos lo que ocultamos. Somos lo que callamos a los demás. Fantasmas o avatares, ahí, en lo que no aparece, en lo intangible, es donde se esconde nuestra esencia. Por eso da tanto miedo” (194).
  5. “Soy una persona práctica. Siempre me ha resultado más fácil disparar a la gente que entenderla” (214).

Lecturas de 2010. Un resumen y una lista

Durante ningún año, y tampoco durante una vida entera, uno llega a leer todo lo que hay o todo lo que quiere. Sin embargo, 2010 ha sido para mí un año especial porque pude leer mucho más de lo que hice en los tres o cuatro años anteriores. Por lo tanto, no me parece una desgracia que el altero de libros sin leer en mis libreros crezca semana tras semana. Soy paciente y sé que llegaré a ellos, aunque en el proceso se sigan acumulando libros y más libros. Es por eso que me resulta interesante, casi imprescindible, asomarme a las listas de los “mejores” libros que otros han leído durante este año. No solo para comparar y constatar lecturas y apreciaciones, sino también para priorizar futuras próximas lecturas en relación a las recomendaciones de otros lectores en quienes confío. Por fortuna para los entusiastas de los libros, a diferencia de los que se abocan exclusivamente a la música, al cine o a casi cualquier otra cosa, nuestras listas nunca son propuestas como absolutas o inamovibles. Es decir que nunca se articulan desde la urgencia impositiva de “lo mejor” contra “lo peor”. Más bien se elaboran desde la premisa de lo inabarcable y se proponen como guías comprensivas del propio trayecto por la literatura reciente. Para los interesados, en el blog de Hermano Cerdo varios escritores elaboran sus propios listados  de forma comentada. También Bef, en su blog monorama, hace lo propio. Yo aquí anoto mis lecturas favoritas, en forma de resumen.

No seré el primero en decir que Providence  (Anagrama, 2009) de Juan Francisco Ferré , puede ser considerada la novela del año (lo fue también del año pasado). Quizá de la década, en lo que corresponde a la literatura hispanoamericana. La trepidante y compleja aventura de su personaje, Alex Franco, transita por lugares y motivos de un presente que hemos ido construyendo por más de un siglo, dislocándolo de la modernidad más aferrada, desde el momento en que, como narración consciente de su cronotopo hipermoderno, desarticula perversamente antiguallas epistemológicas como “novela”, “realidad”, “modernidad”, “ética” o “contrapunto”. Y es que ya lo han dicho otros: Providence es más que una novela . En la mera cuestión narrativa, yo la calificaría como un relato multiplicado en sí mismo a través de yuxtaposiciones conscientes de los diversos registros y las diferentes facetas que tiene lo “real” del siglo XXI: un momento finalmente echado todo hacia el ciberespacio, pero extendido a todas las particularidades individuales con que el hiperviculado exterior se vuelve parte indivisible de uno mismo. La linealidad de la anécdota (que la tiene y es evidente), se transmuta en múltiples linealidades, alteradas y bifurcadas constantemente gracias a la perspectiva mutable que los “usuarios” hipermodernos (es peligroso decirlo, pero quizá ya no somos individuos, sino exclusivamente “usuarios”) tenemos de los diversos medios y actitudes sensibles con que nos acercamos y nos relatamos diariamente la vida. Del cine al videojuego, a la fantasía sexual y a la droga; del fracaso al deseo escapista, de la literatura a la publicidad, del contacto humano al hipervínculo y de ahí a la pesadilla y al viaje trasatlántico… Providence es el resumen de como nosotros yuxtaponemos igualmente todas esas experiencias y las traducimos en un solo relato, que es nuestra vida. Y Ferré lo escribe con una maestría narrativa brillante, que no abandona ni el buen humor ni los cuestionamientos filosófico y antropológico de nuestra realidad hipersignificada (o hipervinculada), ni se deja aparte los guiños a los registros compartidos y reconocibles.

Para quienes nos encontramos inmersos en el mundo académico, especialmente para los dedicados a las literaturas en español, la peninsular (ese es el horrible adjetivo con que se le estigmatiza, para apartarla de la de nuestro continente) es usualmente denostada y tachada injustamente de un arcaísmo realista que ya no posee (y que, siendo francos, quizá no poseyó tanto como quisieran los hijos del boom). La obra de Ferré, y no solo Providence, sino sus otros títulos, como La fiesta del asno (DVD, 2005), es una prueba fehaciente de ello. Como también lo es, entre otras, la más reciente novela de Vicente Luis Mora, Alba Cromm (Seix Barral, 2010), una deliciosa lectura que muta su aspecto esperado por el de una revista, con portada y publicidad incluidas. En esta novela, presentada como un fascículo especial de una publicación para hombres (y adolece, por cierto, de un afiche central con alguna modelo exuberante), los lectores disfrutamos de un extenso y bien conseguido thriller de reminiscencias tanto cinematográficas como literarias; ésta es la verdadera novela negra de nuestra época, un relato de género revalorado desde la hipermodernidad. Un somero resumen diría que Alba Croom es una novela de aventuras sin miedo al best-seller, pero que no se abandona a la facilidad de la fórmula. Y no lo digo sólo por su forma y su estructura, sino porque la narración se arroja a un final ambicioso que, como en la mejor literatura, atenta contra la novela misma; la cuestiona, la pone en entredicho y la significa desde un lugar que no es ella misma: otras novelas, otros registros que nos son conocidos… No digo más porque espero, realmente, tener pronto tiempo de escribir profusamente sobre esta novela que, desgraciadamente, todavía no se consigue en México (a diferencia de Providence que se encuentra en casi todas las librerías y de la que también quiero abundar próximamente).

En la línea de Ferré y de Mora, el mexicano Alberto Chimal se enfrenta desde la literatura a una realidad que ya no es la que la tradición nos ofreció como inmutable. Chimal es un caso extraordinario en la literatura mexicana reciente, debido a que logró su sólido prestigio como cuentista, un género que a pesar de su raigambre en nuestro país (nuestros mejores escritores han sido en algún momento cuentistas), no tiene el favor del mercado. O eso creemos popularmente y por eso pensamos que, como se dice por ahí, los cuentistas “no la hacen”. Chimal “sí la hizo” y “la sigue haciendo”, además de que su blog debe ser el más popular en México de entre los que escriben sobre libros . Su primera novela, Los esclavos (Almadía, 2009), fue la constatación de que su calidad como narrador es muy superior a la media de los escritores de este país. Posee un imaginario riquísimo del que elige las anécdotas más circunstanciales, para construir relatos de una complejidad muy significativa. Partiendo de esto, puedo decir que una constante en su literatura es la exploración de los deseos y las funciones del individuo. En el caso de Los esclavos, esta exploración la realiza desde la disección de dos situaciones sexuales muy prolongadas, en las que sus escasos personajes se educan (o re-educan) para funcionar en sus respectivas realidades particulares. Ambas anécdotas están significadas desde el valor único del sexo y la sumisión de un individuo a otro que, en palabras de Lipovetsky, sería un hipernarciso. Y como Narciso mismo, esta fulminante y corta narración logra establecer entre sus personajes y sus anécdotas, y luego con los lectores, una constante condición de espejos que simula, muy bien, nuestra cotidiana condición de reflejo. Estructurada en tres tiempos, Los esclavos es una novela implacable que cabe en el espectro de una nueva literatura naturalista, sin afanes moralistas o sensores. Chimal expone o, mejor dicho, nos expone a dos anécdotas hiperviolentas que, sin embargo, no causan molestia alguna porque logra presentarlas como totalmente reconocibles o comprensibles. En colindancia con las formas y los registros del mundo actual, no nos sensibiliza hacia un problema, sino que nos confiere el lugar del testigo mudo que recibe información como quien mira a un escaparate. En Marlene y Yuyis, Golo y Mundo, Chimal expone lo extremo sin censurarlo, comentándolo como si fuera una nota al pie explicativa de ciertas actividades de nuestra realidad.

No menciono en esta especie de lista dos novelas de 2009 solamente porque las leí en 2010, sino también porque, tanto Providence como Los esclavos, se convirtieron en los parámetros desde donde medí y valoré mis lecturas de este año. Creo que cada una, desde sus circunstancias y sus condiciones, pueden pensarse como los parteaguas de sus tradiciones particulares; es decir, que son la puerta de entrada al presente y al futuro inmediato de las novelísticas española y mexicana. Me conviene hacer aquí una advertencia: por cierto y por desgracia, como muchos otros lectores condicionados por lo que se encuentra en librerías o por la recomendación (o el préstamo) casual, ignoro mucho de lo que se está escribiendo en otras latitudes del español. No es mi culpa. Lo he dicho millones de veces en privado y en el café: tráiganme los libros y yo los leo. Un lector no puede y no deber ser siempre un Mahoma yendo a la montaña (con respeto). Más difícil me ha sido en los Estados Unidos el hacerme de novedades, condicionado como he estado a lo que se encuentra solamente en bibliotecas. Menciono esto al paso para que se recuerde que: nos urge hacernos de una verdadera red de lecturas y ediciones que multiplique las posibilidades de libros y autores para ser leídos en otros países (¡en otras ciudades!) que hablan su mismo idioma.

Considerando lo dicho, junto a ProvidenceAlba Cromm y Los esclavos, el 2010 me fue un año rico y diverso en lecturas. En este blog, en vísperas de mis resucitadas Jornadas de detectives y astronautas, reseñé a tropezones la primera novela de Benito Taibo, Polvo  (Planeta, 2010), que me parece de lo mejor del género detectivesco en nuestro país. También la primera novela de Bibiana Camacho, Tras las huellas de mi olvido (Almadía, 2010), que considero una buena promesa de lo que nos traerá esta escritora en el futuro. Su libro de cuentos, Tu ropa en mi armario (Jus, 2010), refrenda esa promesa y me deja a la expectativa de su porvenir como contadora de historias, de una calidad literaria impresionante. Camacho ha logrado lo que muchos grandes escritores: consolidar en la brevedad la complejidad de un imaginario extenso donde el individuo se enfrenta a sí mismo mientras sucede y se sucede en el mundo y en el tiempo. Cada uno de los cuentos de Tu ropa en mi armario recuerda la larguísima tradición del extrañamiento como herramienta para explorar intuitivamente nuestros propios sentimientos y nuestra condición de unicidad en la realidad. Una cuentísitica excepcional que, como mencioné antes, demuestra que el relato breve es el género donde nuestros mejores narradores funcionan con mayor comodidad.

Tal es el caso, también, de otro de los mejores libros mexicanos que leí este año: El tiempo apremia (Almadía, 2010), de Francisco Hinojosa, un volumen trazado desde la línea del humor y el sarcasmo, con la sensibilidad de los mejores ironistas de todos los tiempos. Quien conoce la obra de Hinojosa, sabe que esa visión pícara y crítica que conduce a la risa, es parte de las armas literarias del autor. En El tiempo apremia, sin embargo, el humor negro se recrudece y presume mayormente su agudeza cuando se le pone en la mesa de novedades a un lado de todos esos libros celebratorios de nuestro Bicentenario.

Debo hacer mención que Almadía la casa editorial mexicana afincada en Oaxaca, demostró una vez más este año que publica de lo mejor que hay en México. Chimal, Hinojosa y Camacho, son tan sólo tres de los autores cuyas novedades he considerado entre mis lecturas favoritas de este año que termina. Pero esta lista se agranda cuando recuerdo que D.F. Confidencial de J.M. Servín también fue publicada por ellos en 2010. De esta compilación de crónicas de Servín, uno de los escritores que no me cansaré de mencionar como de mis favoritos en México, ya escribí algo en este blog, cuando anticipaba su presentación en la ciudad de Monterrey. Debo volver pronto a esa reseña, escrita con prisas y que debo matizar una vez transcurridos varios meses de la primera lectura. No reniego, sin embargo, de mi consideración original, repetida durante la presentación del libro que se puede ver en esta serie de videos tomados el pasado octubre , en donde considero a D.F. Confidencial como el mi libro mexicano favorito de 2010. Servín es uno de nuestros pocos autores que, en lugar de acumular libros, está abocado a la construcción de una obra integral y contenida en sí misma. Sus crónicas están fuerte e íntimamente ligadas a sus novelas y cuentos, y con cada publicación su universo se enriquece y complejiza más y más. Uno de sus mayores valores y logros estilísticos, es que logra capturar y reflexionar la violencia sin medias verdades, sin artefactos falsarios y con una completa comprensión del individuo arrojado a una realidad de crudeza y desasosiego implacables.

Además de D.F. Confidencial, Servín publicó un cuento este año en la antología Negras intenciones  (Jus, 2010), compilada por Rodolfo J.M., y que es un muestrario de los mejores narradores de género negro en México. De lo único que adolece esta compilación es de la falta de un prólogo más extenso y explicativo, que me parece necesarísimo para entender el universo literario de lo noir mexicano, que es uno de los que más producen obras anualmente. Para el lector interesado, Negras intenciones se complementa perfectamente con otra antología, Viajeros. 25 años de ciencia ficción mexicana , compilada por Bernardo Fernández Bef y aparecida en el segundo semestre de 2010. Por fortuna, creo, ya no estamos en posición de defender la existencia y permanencia de este género en México, y la antología es una muestra contundente de ello (antes ya lo habían sido, aunque con menor fortuna, las colecciones Visiones periféricas, de Miguel Ángel Fernández y el tributo a Philip K. Dick, El hombre en las dos puertas). Además de clásicos y nuevos cuentos, el volumen viene con una nota final de Alberto Chimal y, en general, con la constatación de que Bernardo Fernández Bef es uno de nuestros escritores más activos, ricos e interesantes. De él, para cerrar el año, tuvimos la fortuna de recibir Espiral, una novela gráfica muda de la que ya publiqué una reseña en este mismo blog .

Vaya, veo que he escrito mucho y me he extendido demasiado en algunos puntos. Considero que era necesario, pero dudo de que alguien tenga la paciencia de seguir leyendo (y yo de seguir escribiendo por ahora). Por lo tanto, dejo esta entrada con una lista de los 18 (+1) títulos que, sin lugar a dudas, considero mis lecturas favoritas de este año. Anoto solamente novedades. Ojalá que quien haya llegado hasta el final de esta entrada, me comparta sus libros de 2010 para enriquecer mi librero. El segundo paréntesis señala el país de edición.

  1. Providence (Anagrama, 2009), de Juan Francisco Ferré (España)
  2. Alba Cromm (Seix Barral, 2010), de Vicente Luis Mora (España)
  3. Los muertos (Mondadori, 2010), de Jorge Carrión (España)
  4. Dublinesca (Seix Barral, 2010), de Enrique Vila-Matas (España)
  5. Los esclavos (Almadía, 2009), de Alberto Chimal (México)
  6. D.F. Confidencial (Almadía, 2010), de J.M. Servín (México)
  7. 8:8 El miedo en el espejo (Almadía, 2010), de Juan Villoro (México)
  8. Espiral (Alfaguara, 2010), de Bernardo Fernández Bef (México)
  9. El tiempo apremia (Almadía, 2010), de Francisco Hinojosa (México)
  10. Hotel DF (Mondadori, 2010), de Guillermo Fadanelli (México)
  11. Tu ropa en mi armario (Jus, 2010), de Bibiana Camacho (México)
  12. Malasuerte en Tijuana y El infierno puede esperar (Mondadori, 2009 y 2010), de Hilario Peña (México)
  13. Polvo (Planeta, 2010), de Benito Taibo (México)
  14. Viajeros. 25 años de ciencia ficción mexicana (Jus, 2010), compilado por Bef (México)
  15. Point Omega (Scribner, 2010), de Don DeLillo (Estados Unidos de Norteamérica)
  16. Freedom (Farrar, 2010), de Jonathan Franzen (Estados Unidos de Norteamérica)
  17. The Idea of Communism (Verso, 2010), editado por Slavoj Žižek y C. Douzinas (Reino Unido)
  18. El sujeto dialógico. Negociaciones de la modernidad conflictiva (FCE y Cátedra Alfonso Reyes del ITESM, 2010), de Julio Ortega (México)

Joserra Ortiz, Brown University